Borrar las lindes: El cine de David Pantaleón

Por Joaquín Ayala

Los acercamientos al mundo de David Pantaleón suelen venir definidos por dicotomías más o menos tópicas: realidad y ficción, humor y gravedad, tradición y nomadismo o, incluso, fondo y forma. Mucho de ellas es visible en su obra, pero más interesante que rastrearlas en sus películas se nos antoja el modo en que nuestro cineasta transita las lindes que establecen dichos márgenes. Lindes que separan uniendo -y unen separando- territorios geográficos, estéticos o ideológicos; fronteras que parecen ser el hábitat natural de Pantaleón, que, sin embargo, se niega a acomodarse del todo a ellas, las vive con desasosiego, desinquieto, borrándolas con su mirada, legando a los que le suceden límites más borrosos.

Es la suya una mirada personal y original que trasciende los distintos formatos con los que hasta hoy nos ha presentado su obra: el cine de guerrilla, el falso (o verdadero) documental, los cortos más trascendentes, las miniaturas irónicas o las fábulas naif. Todos ellos comparten un recurso común en el que, entiendo, se fundamenta la originalidad de sus propuestas: el extrañamiento.

Sus películas nos invitan a mirar de otra forma, ya sea por medio de la deslocalización, del humor o de alquímicos procesos de hibridación. Otros países, espacios abiertos, desiertos, malpaíses, azoteas, paredes desnudas, son los escenarios que se repiten en sus cortos, dotando a la acción de un carácter esencial o mítico. Por su parte, el humor despliega su arsenal para empequeñecer o agrandar, ridiculizar o criticar, provocar y hasta para ennoblecer. Por último, el cine del grancanario se nos presenta trufado de diversas referencias teatrales, etnográficas, plásticas, musicales, cinéfilas…, mezclas que dan lugar a nuevos significantes y significados, que dotan a lo aparentemente sencillo de resonancias inesperadas, de lúdicos reflejos que se proyectan en la particular cámara negra del teatro de David Pantaleón.

En una escena de Fronteras de Zalamea, la productora de la compañía teatral canaria 2RC, de gira por varias ciudades de Estados Unidos y Méjico, discute acaloradamente con el propio David Pantaleón, que en ese momento era un actor más de la compañía. En ella se le invita a ocuparse menos de su película y más a acatar la disciplina del grupo, que durante la gira debe colaborar en las tareas de montaje y recogida de la escenografía y vestuario. Se trata de una escena que aislada, en un conjunto más amable, ilustra, quizás involuntariamente, lo que aquí hemos querido esbozar: mientras que el actor es conminado a disolverse en el grupo, el director decide incluir la escena en  el montaje final de la película, reivindicando de este modo su propia voz, su propia mirada.

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