Los caminos del silencio

Por Enrique Ramírez Guedes

Decía Carlos Losilla, no sin razón, que “el cine es la reelaboración de una realidad de manera que siga pareciendo real y a la vez dé cuenta de un estilo” personal, algo así es lo que se nos viene a la mente al ver este film  de Alberto Morais.

Y es que la película más que construir una trama, (re)crea una realidad, salvando las distancias,  al modo del cinema verité, que es la de cierta infancia de un barrio marginal de Valencia, pero que podría ser de cualquier gran ciudad, en el que la decadencia y el abandono se hacen visibles con la metáfora del telón/pared del Cine Nazaret, ya desaparecido.

Partiendo de lo que podríamos llamar una “estética de la quietud”, que recuerda por momentos al Angelopoulos de Ulisses’ Gaze, basada en unos planos largos, que permanecen más allá de la presencia de sus protagonistas. Partiendo de esta propuesta, como decíamos, Morais nos plantea una suerte de recorrido, no iniciático, pero sí de compromiso y fidelidad, de unos niños empeñados a toda costa, y sin plantearse siquiera las dificultades que pudieran encontrarse en el camino, en cumplir el deseo del abuelo de uno de ellos, incapacitado para realizarlo.

Con este sencillo argumento, nos sumergimos en un mar de silencios y paisajes, o más bien, no paisajes. En un walk movie, de mirada serena, a la maniera de Kiarostami, en el que nos movemos por los intersticios de una Valencia irreconocible, un poco al estilo de Cielo sobre Berlín, de Wenders, en la que el ángel protagonista se mueve por los no espacios de la capital alemana, porque en el fondo se trata de la CIUDAD moderna, impersonal, inhumana, una ciudad deshabitada, vacía. Paisajes no-urbanos y paisajes humanos impresos en los rostros de los niños, que con sus silencios nos demuestran que no necesitan de retóricas ni largas explicaciones para entenderse. La incomunicación es patrimonio de los mayores, que representan el reflejo de esa sociedad autista, carente de compromiso, que permanece ajena a los acontecimientos y da la espalda a los menores, y que es la que ha creado ese monstruo por el que transita la película.

Sin embargo, no existe drama, ni mucho menos tragedia, ese postneorrealismo, permítasenos la expresión, en el que algunos parecen querer encajar la obra, en nuestra opinión no tiene cabida en el filme de Morais. Más bien peca de un cierto ascetismo bressoniano, aparenta una mirada lejana del director respecto a sus personajes. El autor nos presenta los acontecimientos sin querer guiar los sentimientos ni reflexiones del espectador, no hay artificio, ni sucumbe a la tentación del asombro o la sorpresa. No hay planos retóricos, ni angulaciones imposibles. Todo transcurre como en la vida de la gente sencilla, sin alardes ni estridencias, pero con la determinación de los chicos del puerto.

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