“Me veo más próximo al cine que se acerca horizontalmente a la realidad”

Alberto Morais fue el cuarto invitado de Encuentros con el cine

19 de junio. Estamos en el Teatro Guimerá. Los chicos del puerto se estrena en Tenerife con la presencia de su director, el vallisoletano Alberto Morais. Es la cuarta apuesta de Encuentros con el cine en una sesión en la que el público, tras la proyección, se muestra dividido. Unos la defienden como una obra que respira realidad por sus cuatro costados, una película que llega al corazón del espectador a través de su sencillez. Otros critican su excesivo reposo, que se cuente en un largometraje una historia “que no da para tanto”. El profesor universitario Enrique Ramírez Guedes ejerce de moderador del coloquio.

Miguel decide cumplir la promesa que le ha hecho a su abuelo: depositar una vieja chaqueta militar en la tumba de un antiguo compañero republicano. Ése es el macguffin que hará que Miguel y dos niños más, Lola y Guillermo, emprendan un viaje a pie desde el barrio de Nazaret, atravesando Valencia, sus carreteras, su periferia, sus “no lugares”… Lo de menos es la chaqueta. Lo de más, el paisaje urbano como personaje y esos tres niños que deambulan con sus historias a cuestas, historias que el cineasta nunca revela, pero que el espectador intuye. Es una película, como la define Morais en algún momento, que se construye en el espacio intermedio entre la pantalla y el espectador, que necesita de la implicación de quien la ve. Para Enrique Ramírez, no es algo nuevo en la historia del cine, pero sí algo a lo que nos hemos desacostumbrado. “Es como si estás acostumbrado a leer novelas con tramas muy complejas y de pronto alguien te da un libro de haikus japoneses, donde el lector lo tiene que poner todo -afirma Morais-. Me gustan las películas que me dan libertad para pensar en lo que estoy viendo y establecer un diálogo con ella”.

Cine social, pero horizontal

El diálogo con los espectadores había comenzado hablando de esa forma tan sutil que tiene la película de transmitir ciertas ideas sociales e incluso históricas. Alberto Morais criticó el cine planfletario, lo que denominó “cine social con colchón”, que utiliza “un lenguaje burgués, con trampas de guión y puesta en escena para evocar ciertos elementos de emoción y culpabilización en el espectador. Yo me quiero alejar de eso. Yo me veo más próximo al cine que se acerca horizontalmente a la realidad”. Porque Los chicos del puerto es cine social si lo entendemos desde ese punto de vista horizontal. El cineasta cita a nombres como los de Pasolini, Koreeda o, por supuesto Kiarostami, que “trata a la infancia, con mucho respeto y no utilizándolos ni manipulándolos ideológicamente”.

Este acercamiento “horizontal” tiene una peculiaridad en Los chicos del puerto y es el tono gris de todos, incluido los niños. “En el cine los niños siempre hablan mucho, tienen que estar constantemente expresándose y yo quería hacer una historia sobre niños tristes, incluso sobre niños viejos. Habían pasado demasiada vida, habían visto demasiado: falta de estructura familiar, falta de estructura social…”. Omar, Blanca y Mikel son los niños reales que interpretan a los tres protagonistas. El trabajo con ellos y con el resto de actores monopolizó buena parte del coloquio.

 Trabajando la naturalidad

“Hicimos casting de 600 niños y yo fui a todos. A mí no me gustan los directores de casting porque no me gusta generar filtros previos y, además, quería aprender de los niños, de cómo hablaban, de cómo se expresaban” -recordó Morais-. “De Omar –el protagonista- me cautivó sobre todo su mirada. A pesar de los 12 años que tenía cuando hizo la película, era casi la mirada de un adulto triste. Y eso me resultó impactante”. El trabajo con él no fue fácil. “Tenía un déficit de atención muy fuerte, con mucha rabia interna y con un universo también muy rico. Establecí un criterio militar para trabajar con él. Le dije que yo era el general y que él era el capitán y que tenía que obedecer las órdenes sin justificarse”.

Ese juego de roles fue la forma que encontró Alberto para sacar del niño la naturalidad que necesitaba para el personaje. “Tuve que establecer con él una exigencia brutal, muy mecánico muchas veces” -reconoce- “En el cine, hay que buscar la naturalidad a través de diferentes medios. Con Laia Marull –protagonista de Las olas, su anterior película- o Blanca Bautista –la niña que interpreta a Lola en Los chicos del puerto-, que tenía esa naturalidad muy interiorizada, no hacía falta. Pero Omar sí lo necesitaba para ‘naturalizarlo’, del modo en que yo entiendo la naturalidad, cuidado. Hay gente que puede ver El príncipe o puede ver 8 apellidos vascos y ver verosimilitud y naturalidad. Yo no lo veo”.

En busca de esa naturalidad y sobre todo de un equilibrio total entre todos los personajes, se “constriñó”, utilizando las palabras del propio Morais, a los actores adultos. “Hay una homogeneidad en todos, un mismo tono que para mí resulta natural porque se aleja del código lingüístico de interpretación, al que estamos acostumbrados pero que a mí, me saca mucho. Los actores tienden a utilizar la gestualidad expresiva para amplificar lo que el texto dice y a mí me gusta que el texto vaya por un lado y el rostro no acompañe”. Pero que no nos lleve a engaño. Su presencia en la película es esencial. “Lo que sí que necesito son actores profesionales que puedan amoldarse a mi sistema de trabajo interpretativo, como es el caso de José Luis –José Luis de Madariaga, presente en la sala-. Porque yo puedo coger a una persona que no actúa y a lo mejor no consigo aquello que quiero, pero con una persona que conoce el sistema de interpretación puedo jugar con códigos lingüísticos”.

Recapitulando, tenemos una ficción de trama sencilla con trasfondo social y un mcguffin que insinúa un subtexto histórico. Y tenemos, sobre todo, una búsqueda casi obsesiva de la naturalidad.  Una reflexión sirvió de perfecto resumen del coloquio. Estas cosas ocurren a veces. Alberto la pronunció sin saber posiblemente que sería su última cita de la noche, pero su poder sintetizador es evidente: “Yo no busco hacer metáforas de las cosas, ni símbolos, ni dobles lecturas, eso lo debe hacer el espectador, no el cineasta. Esto es una película muy sencilla, lo que ves es lo que hay, no hay nada más”. Y nada menos, podría añadirse, porque hay pocas cosas tan difíciles en cine como recrear la sencillez y pocas cosas tan desarmantes como la naturalidad.

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