LOS NIÑOS SALVAJES de Patricia Ferreira: Sutilezas y desencuentros

Por Isabel Castells

Lo que tal vez resulte más sorprendente de la última película de Patricia Ferreira (a la que identificamos más con argumentos cercanos al thriller policial –El alquimista impaciente– o psicológico –Sé quién eres-) es el tono delicado, leve, sutil, con el que aborda no sólo el inquietante tema del desencuentro entre los universos de adultos y adolescentes sino, especialmente, un desenlace perturbador, de una violencia inesperada y que, sin embargo, se va anunciando en pequeños detalles, en miradas, en gestos, en diálogos que parecen no llegar a ninguna parte pero que consiguen transmitir al espectador los múltiples rostros de la incomunicación.

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Por esta razón, Los niños salvajes es, ante todo, una película de actores. En la línea del actual cine francés, caracterizado más por las conversaciones que por las situaciones y que nos retrata a los personajes a través de sencillas anécdotas de su vida cotidiana que se van sumando hasta completar el puzzle de su compleja psicología, la película, en efecto, nos va mostrando, en pequeños pero significativos retazos, el día a día de tres adolescentes que pertenecen a entornos económicos y familiares diferentes pero perfectamente reconocibles en el variopinto entramado social de la Barcelona de hoy.

La directora deja hablar, actuar, a estos personajes con la fluidez de la vida misma, pareciendo que, más que ante una pantalla, estamos ante una ventana que nos muestra uno de los más sangrantes problemas de una sociedad ¿del bienestar? que no sabe cómo entender a los más jóvenes ni canalizar sus necesidades.

Sin emfoto-los-niños-salvajes-12-129bargo, no estamos ante una obra de tesis, con buenos y malos, responsables y víctimas, oprimidos y opresores. Precisamente por ese dejar fluir a cada personaje, la película delega la conclusión, si es que hay alguna, en la particular percepción de cada espectador, que podrá sentirse a partes iguales identificado o alejado de esa multiforme galería de adolescentes incomprendidos o consentidos, de docentes optimistas o asqueados, de padres autoritarios o permisivos, porque todos ellos parecen retratados con el mismo tono a la vez crítico y empático, con sus motivaciones y limitaciones, como los peces de un acuario a los que se refiere la letra de un rap que suena en una de las correrías nocturnas del trío protagonista.

los-ninos-salvajes-03En ese rap, además, cuya elección no parece casual, se habla de “líneas paralelas” que jamás se encuentran, imagen que repite uno de los adolescentes en un interrogatorio del que parte el relato retrospectivo que nos va revelando la evolución del argumento y su fatal desenlace. Esas “líneas paralelas”, efectivamente, se refieren al imposible encuentro entre los jóvenes y sus padres y, a la vez, entre sus aspiraciones y su entorno: al insalvable abismo entre la realidad y el deseo, como diría el gran Luis Cernuda.

En medio de esta desolación, la amistad se erige como el único valor sólido en un panorama sin horizontes: tampoco parece casual, entonces, que sea la “Elegía a Ramón Sijé”, de Miguel Hernández, el único poema que aparece en la película. Aunque se sitúa explícitamente en la línea de Los 400 golpes y Hoy empieza todo, por poner dos títulos emblemáticos, Los niños salvajes no ofrece al espectador ni una pequeña rendija por la que se cuele la esperanza: mientras la clásica película de Truffautfoto-los-niños-salvajes-2-149 se detiene en la imagen congelada de un mar abierto, prólogo quizás de variadas posibilidades o interpretaciones, y el optimismo queda explícito en el título de la de Tavernier, el panorama que parece querer reflejarnos Patricia Ferreira es como el rotundo fundido en negro que cierra el relato de la protagonista femenina en un demoledor final que a nadie
dejará indiferente.

Los niños salvajes es una película sobria, sin estridencias, cuya violencia se desliza, sigilosa, a través de estos fugaces elementos y de la soberbia interpretación de todos y cada uno de los actores. Una película que es un retrato ¿hiperbólico? ¿verosímil? ¿apocalíptico? en el que todos, educadores, padres, hijos, somos, a la vez, espectadores y protagonistas.

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