“La ficción tiene mucha más potencia si está bien documentada”

La madrileña Patricia Ferreira fue la primera invitada de Encuentros con el cine tras el verano

Llegó septiembre. Y entre tanto regreso también lo hizo Encuentros con el cine. La actividad del OAC del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife afrontaba su recta final con la primera de las tres citas preparadas para otoño. Fue el 16 de septiembre. Las protagonistas fueron Patricia Ferreira y su película Los niños salvajes, una cinta con mucho para debatir, como así lo demostró un largo y animado coloquio. Aquí va un pequeño resumen de lo que se habló aquella noche.

La primera aclaración que debe hacerse al intentar resumir un coloquio como éste es que gran parte de él no puede reproducirse sin desvelar la trama. Es más, se habló y mucho del final, pero los que no estuvieron presentes tendrán que quedarse con las ganas de saber en qué terminos. Sí podemos decir que suscitó debate, que hubo defensores y detractores y que todos tuvieron cabida en el diálogo. “Es un final sobrecogedor, pero en cierto sentido sí que es un final abierto. De alguna forma, con todos esos datos, cada uno tiene que terminar de construir la historia”, opina Ferreira ante la pregunta con la que la moderadora, la profesora de la Universidad de La Laguna e investigadora en cine contemporáneo, Isabel Castells, iniciaba el coloquio.

La historia de Los niños salvajes nos acerca al día a día de Álex, Oki y Gabi, tres adolescentes de distinta procedencia social, que se convierten en amigos inseparables. Están los tres jóvenes y su vida cotidiana, pero también sus padres y sus profesores. Y dentro de ambos grupos, todo tipo de actitudes ante la adolescencia y sus problemas.

“Se trataba de no hablar de buenos y malos, sino de mostrar un mosaico de personajes con todos sus claroscuros”, comenta Ferreira. “Me he encontrado a gente que después de ver la película se enfada mucho conmigo porque dicen ‘Los padres no somos así’. Pero también me he encontrado a adolescentes muy enfadados porque dicen que les dejo mal. Si me preguntasen de qué lado estoy, diría que más del de los chicos. Todos hemos sido adolescentes y todos hemos hecho cosas raras. El no entender que es un periodo de la vida en el que se está perdido, en el que se intenta buscar un lugar en el mundo, eso es lo que realmente les reprocho a los padres de estas familias”, sentencia la guionista y cineasta.

Ficción, pero documentada

La película se va colando en nuestro interior sin saber muy bien cómo. Consigue ese milagro de la naturalidad, de que nos olvidemos por momentos de que estamos viendo una película. Y lo logra gracias a unas interpretaciones ajustadas al milímetro y a un trabajo de documentación que sostiene el guion. “En paralelo a querer ser directora de cine, estudié también periodismo y antes de hacer películas de ficción he hecho mucho documental, programa informativo, etcétera”, comenta Ferreira. “Estoy acostumbrada a utilizar las fuentes, contrastarlas y en todas mis ficciones hago un enorme trabajo de documentación. Creo que la ficción tiene mucha más carne y más potencia si está bien documentada”. Para esta película, junto a su coguionista, Virginia Yagüe, pasaron muchas horas en las aulas de institutos reales. “Pedíamos permiso para sentarnos en las últimas filas. A los 10 minutos se habían olvidado ya de nosotras y podíamos observar. Pasamos también muchas horas en la sala de jefes de estudio, de directores de colegio, viendo cómo iban pasando por allí todos los alumnos y contando sus historias… Y en el caso de los profesores, todo este periodo de documentación fue una revelación, una época de entender y admirar una profesión”.

El ejemplo de todo ello puede estar en una de las escenas clave: un grupo de profesores discute sobre la conveniencia o no de expulsar a un alumno. Es una escena ágil, creíble, tensa. “Es una de las más trabajadas de toda la película. No hay nada improvisado. Para llegar a escribirla trabajamos previamente con un grupo de profesores. Yo les proponía la situación y le creaba a cada uno una personalidad ficticia. Ellos con esa personalidad ficticia, pero con lo que sabían de lo que es ser profesores, recrearon toda la situación que grabé y me sirvió de base para escribir la escena”.

Además, la secuencia es un buen ejemplo del trabajo de Ferreira como directora de actores y de su actitud ante la disparidad de personajes. “Mientras rodábamos los diferentes planos de esa escena yo me acercaba a cada uno de los actores y les motivaba. Me acercaba al Bacterio -el personaje más crítico con los adolescentes- y le decía: ‘No puedes consentir que esto pase. Tienes toda la razón. Yo estoy de tu lado completamente’. Luego me ponía al lado de la directora y le decía: ‘Esto es tremendo, Emma -Emma Villarasau-. Aquí la única que tienes razón eres tú, la única que realmente ve la situación desde todos los puntos’. Hasta que uno de los actores me dijo ‘Qué pasa, es que nos vas a dar la razón a cada uno como si fuéramos locos’. Estaba provocando eso que necesitan los actores, motivaciones, para que la escena esté viva”. Y a la vez, la cineasta estaba dejando claro esa idea que confesó en otro momento del coloquio: “Todos los personajes tienen sus razones. Esta es una historia en la que, en algún momento, me pongo del lado de cada uno de ellos”.

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Adolescentes

Si el elenco de actores adultos, los que hacen de padres o profesores, es de auténtico lujo (Emma Villarasau, Clara Segura, Montse Germán, Ana Fernández, Aina Clotet, Marisol Membrillo, Francesc Orella, José Luis García Pérez), los que sostienen la película son sus tres protagonistas adolescentes: Marina Comas, Álex Monner y Albert Baró. Patricia Ferreira nos cuenta cómo los encontró: “Pasó una cosa. La película se tuvo que retrasar por un problema financiero y todo el trabajo de casting se vino abajo, porque los chicos que había cogido se habían hecho mayores. Tuve que volver a empezar. Tuve la suerte de que entre ese primer casting fallido y la película, se estrenó Pan negro, la película de Agustín Villaronga, donde estaba Marina -Marina Comas-. Vi la película, quise ir a por ella, le hice una prueba… Gracias a retrasar el rodaje la encontré. Me pasó también un poco con Álex Monner. En ese momento, no se había emitido aún Pulseras rojas, la serie que fue muy famosa en Cataluña y luego se puso en toda España. Con Gabi (Albert Baró) sí que tardé más en encontrarlo…”. Adolescentes sí, pero actores también: “Te engañas si crees que vas a encontrar a alguien que simplemente con estar te dé el personaje. Tienes que buscar actores, a estas edades eso significa gente con intuición para la interpretación, pero también con preparación y con capacidad de trabajo”.

La obsesión de Ferreira por elegir el mejor material humano adolescente no se limitó al trío protagonista: “Eran muy importantes los tres protagonistas, pero si no estaban rodeados de unos chavales que dieran verosimilitud, sinceridad y frescura la íbamos a fastidiar. Todos los adolescentes, aunque salgan de refilón, están cogidos por mí, a todos les hice una prueba”.

Y el peso de intérpretes tan jóvenes tuvo lógicamente su traducción en la forma de rodar: “Le dije al equipo que ahí no se iba a levantar la voz ni una sola vez, que de esa tensión a la que a veces estamos acostumbrados en los rodajes no quería ver nada, aquello tenía que ser un juego. Porque los adultos podemos entenderlo y no pasa nada, pero a ellos les hubiera desconcertado. La única manera de que dieran lo mejor de sí mismos es que no hubiera tensión aparente. Y conseguimos un rodaje en el que parecía que estábamos jugando, que aquello era muy fácil”.

Más libertad

Dos películas parecen fusionarse en Los niños salvajes. Por un lado, hay una trama, más de thriller, que tira de la otra historia, la más social, la del discurrir de la cotidianidad de los personajes, de los adolescentes, sus padres y sus profesores. “Me interesa esa sensación de haber pasado por un trozo de vida que ha discurrido por ahí y podía haber empezado mucho antes y continuar mucho después. En este momento de mi carrera me interesa eso. Esta sujeción que tenemos los guionistas a escribir siempre con unas pautas establecidas, con los puntos de inflexión marcados… Es un agobio. Estoy en una época en la que me apetece saltarme un poco las reglas del juego y quizás esta ha sido la primera vez que lo he intentado hacer”. Cuando la cineasta lo confiesa durante el coloquio, no podemos dejar de pensar que es cierto, que esta película parece tan atípica en su filmografía porque por primera vez el guion clásico y cerrado parece resquebrajarse por momentos en favor de los personajes y del seguimiento de su día a día. Pero también es inevitable pensar que a ese viaje de deconstrucción le quedan todavía pasos importantes que dar. Estamos ansiosos por disfrutarlos.

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