“La política no está solo en las palabras, sino en la forma de hacer las cosas”

Jose A. Alayón fue el último invitado canario de Encuentros con el cine

Encuentros con el cine afrontaba su penúltima sesión en octubre. Era, además, la última noche que la actividad del OAC del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife dedicaba al cine canario. El tinerfeño Jose A. Alayón fue el protagonista. Pudimos ver su ópera prima en el largometraje, Slimane y el cortometraje En el insomnio. Después hubo coloquio, interesante coloquio, en el que se habló mucho del proceso de creación de la película. Emilio Ramal Soriano ejerció de moderador.

Slimane es el retrato de dos inmigrantes en Tenerife. Son dos jóvenes que acaban de cumplir la mayoría de edad y tienen que salir del centro de menores. Sobreviven como pueden. Viven el día a día en un limbo legal, con el único apoyo de otros jóvenes en sus mismas circunstancias.

El debut de Jose A. Alayón se ha hecho esperar. En 2004 empezó a oírse hablar en Canarias de un proyecto de largometraje que encabezaba el director tinerfeño. Se titulaba La cama caliente e iba sobre inmigración. “Empezamos con la idea en 2004 o 2005. Nos dieron la ayuda a guion, después la de desarrollo, seguimos escribiendo… Pero durante todo ese proceso seguíamos haciendo cortos, seguíamos trabajando, seguíamos viviendo, seguíamos creciendo y yo me iba dando cuenta de que tenía necesidad de hacer cine de una forma, un cine en el que la ética tuviera algún sentido en la forma de mirar las cosas, de acercarte a los temas, sobre todo a los que no te pertenecen, como era la inmigración”. Fueron casi 10 años de proceso que el cineasta resumió así: “Primero estaba la necesidad de hacer una película. Después, la de hacer una película buena. Y después, la de ser ético a la hora de hacer cine”.

Esa parece ser la clave, la ética, de la deriva que tomó el proyecto y la carrera de Jose A. Alayón como cineasta. Pero hubo hitos decisivos. El primero y más importante fue que apareciera Slimane, el actor. “Para mí fue un milagro casi. Me parece que tiene algo físico, una presencia delante de la cámara que es brutal. Después ya empecé a conocer su mundo, su vida, pero la primera pulsión de hacer la película fue él. Creo que es la primera necesidad que he tenido en mi vida de hacer algo. Lo otro eran como necesidades de hacer cine… pero en Slimane había algo más puro”, comenta aún fascinado el cineasta.

Aquel casting y hacer caso a aquella pulsión iba a ser a la postre determinante. Comenzaba entonces un camino creativo diferente y nada sencillo. “Empezamos a conocer a los otros amigos de Slimane, pero había algo que interfería, no conseguía ver la realidad. Entonces se me ocurrió dejarle una cámara pequeña a Slimane y le dije que grabara todos los días, durante meses. La única premisa que tenía es que fueran planos de 10-15 minutos, que no podía cortar. Me traía todos los días 2 Gb de material de ellos, de su vida cotidiana, de esto que acabamos de ver”. Alayón buscaba conocer realmente cómo eran las vidas de estos personajes, acercarse de forma horizontal sin prejuicios o conceptos aprendidos. Pero también buscaba cómo rodarlos. “Me interesaba el estado en el que estaban ellos, que acababan de salir a los 18 años del centro de menores y se quedaban en una especie de limbo legal, en un no lugar, sin hacer nada, sin saber muy bien adónde podían ir. Pero cómo se filma ese limbo. Slimane, con todas esas imágenes cotidianas que me mostró, me dio el camino”.

La película fue construyéndose y deconstruyéndose continuamente desde esos inicios hasta el montaje final, sin detener nunca la transformación. “Reescribí mucho con Samuel, el coguionista y teníamos una historia cerrada pero sabiendo que la íbamos a romper. Sólo teníamos tres premisas que tenían que estar en la película: una primera parte de observación, en la que los vemos a ellos, cómo interactuan entre sí; el punto de giro, un hecho muy dramatico; y a partir de eso la deriva de Slimane y la culpa”, aclara el cineasta. “Teníamos escenas, pero siempre veíamos que era mucho más interesante lo que nos daban ellos que lo que podíamos escribir. Lo que sí hacíamos era fijar. Decíamos aquí hay algo bueno y lo filmábamos durante 20-30 tomas, hasta la locura casi. Era como perderse para encontrar”. Fue la manera que encontró Alayón y su equipo para capturar la vida.

Slimane es cine social porque va de inmigrantes, pero, a la vez, huye de los tópicos del ‘cine social’ -o de determinado ‘cine social’, podríamos decir para no herir sensibilidades-. Huye de sus diálogos explicativos y de verbalizar los discursos. Parece que sólo observa. Pareciera a veces un documental. Pero es ficción, aunque sus personajes sean reales. Y además, es una película impulsada casi por una sensación: “Me gustaba esa idea de atracción hacia los cuerpos de ellos, a la forma de interactuar, a la forma de estar… Tenía una pulsión cinematográfica sobre eso”. Es una película política: “La política no está sólo en las palabras, sino en la forma de hacer las cosas. En la forma de no voy a ser condescendiente con esto, porque algunas veces somos condescendientes a la hora de poner palabrería ética sobre las cosas”, sentencia el cineasta.

Cómo se hace

Como idea de creación es fascinante, pero cómo se lleva eso a la práctica de un rodaje cinematográfico. “La película que necesitas hacer tiene que ir atada a un proceso de producción concreto. Slimane no se podía haber hecho de otra forma. Y convencer a la gente del tipo de película que quieres hacer no es fácil, porque la película necesita un tiempo, una forma de respirar, una forma de encontrar las cosas… Me gusta esa idea de laboratorio, de vamos a buscar cosas”.

Hubo dudas en el proceso, por supuesto. “Todos los días cuando iba al rodaje decía ‘Qué carajo estamos haciendo’. Y cuando nos volvíamos había días en que decía ‘Sí, aquí hay algo’ y otros en que decíamos ‘No hay película, qué estamos haciendo. Estamos moviendo mucha gente, gastando montón de dinero y no sabemos ni dónde estamos’. Y eso da ansiedad. Pero confiábamos de todas formas”, reconoce Alayón. “Es raro. Igual dentro de diez años he hecho ya cuatro películas y entiendo mejor esto. Espero que no. Espero ir siempre a un rodaje con esa inquietud de no saber muy bien qué estoy haciendo porque creo que salen mejores cosas”.

Las dudas del director y el productor no esconden que si el cine es por definición un arte colectivo, en películas con proceso de creación como esta lo es aún más. Tanto es así que en los títulos de crédito no sólo aparece él y su coguionista, Samuel Martín, sino también el director de fotografía, Mauro Herce y el montador, Manuel Muñoz. Desde el público se le reclama que atendiendo a cómo ha sido el proceso de creación deberían estar también los actores. “Lo apunto porque me parece fanástico. El guión es de ellos evidentemente. Su vida, su forma de actuar, es Slimane grabando…”, contesta el director.

¿Y después? 

¿Y después? Este acercamiento a la vida de Slimane, Moha y compañía, aunque con elementos y desenlace ficticios, deja al espectador la necesidad de saber más, de saber la verdad, dónde están ahora y cómo. “Slimane está trabajando en un supermercado y Moha en una lavandería. En el proceso de rodaje, como no podían trabajar después de salir del Centro de menores, tuvimos que hacerle contrato de un año para poder darles de alta. Decíamos ‘Bueno, a lo mejor la película es una mierda pero por lo menos dejamos esto plantado’. Hubo otros que tuvieron una vida diferente. A Ismael, por ejemplo, lo echaron y está ahora en Marruecos”, comenta Alayón. “De todas formas tampoco me quiero poner ninguna medalla de qué bueno he sido. Yo los filmé como eran, supervivientes, tipos  que van a sobrevivir en cualquier lugar del mundo. Estos tipos están por encima de las circunstancias. Aprendí mucho de ellos”.

¿Y Slimane, la película? Pues ha recorrido ya medio mundo y aún parece que le queda fuelle para rato. De momento, ha conquistado los premios a Mejor Ópera Prima en el IBAFF de Murcia y a mejor largometraje canario en el Festival de Las Palmas de Gran Canaria. Ha podido verse en importantes festivales internacionales como los de Tesalónica, en Grecia; Oaxaca, en México; L’Alternativa en Barcelona; o Dubai. Es, sin duda, uno de los mayores éxitos del cine canario en toda su historia.

¿Y su director?  Que responda el propio Jose A. Alayón: “Como director estoy acabando un documental, que estamos editando. Tenemos una segunda versión de montaje, pero todavía tenemos que darle una vuelta. Gente de sal se llama. Filmamos en el sur de La Palma a unos salineros durante tres meses. Después, estoy produciendo la película de Mauro -Mauro Herce-, el fotógrafo de Slimane, que es una película que está montada ya casi. Se llama Dead Slow Ahead. Filmamos durante tres meses en un barco, un trasatlántico de carga que recorrió medio mundo. Y también estamos produciendo La mar de los hombres, una película del montador de Slimane”.

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