Una búsqueda: Miguel G. Morales

Por Alejandro Krawietzrecort

Aunque antes del año 2000 habían aparecido ya algunos títulos que permitirían hablar de la fundación de un lenguaje cinematográfico en el ámbito del género documental para el cine canario —pienso, sobre todo, en una película como El largo viaje de Rústico (1993) de Rolando Díaz— lo cierto es que la consolidación de un cine de realidad propiamente dicho, de raíz contemporánea, no se produce en las Islas hasta los primeros años del siglo XXI. El mismo Rolando Díaz, afincado en Canarias desde la década anterior, estrena en 2000 Si me comprendieras, película que aunque rodada en Cuba, ofrece para Canarias una renovación de las herramientas expresivas que proporciona la realidad y abre una vía de refundación del género a partir de recursos narrativos que intensifican y trenzan estrategias de la ficción con claves propias de la realidad como la observación, el relato directo y la tensión dramática.

Son los años en los que surge una nueva generación de autores que inmediatamente asumen, a partir de influencias muy diversas (formación fuera de las islas, existencia de festivales en el archipiélago, sellos como Documanía, asistencia a festivales nacionales e internacionales), la necesidad de contar la realidad desde una gramática más compleja, propiamente cinematográfica, y al tiempo que abandonan la senda del reportaje informativo o el recurso de la voz en off, incorporan a sus rodajes una preocupación por el lenguaje de la imagen en el que el relato se dice a sí mismo desde la propia realidad, en un ejercicio de despojamiento en el que van cayendo, poco a poco, las intermediaciones habituales en el género: la entrevista, la documentación, los recursos y aún la música. Aparecen, así, películas tan importantes para el desarrollo del género como Rosario Miranda (2003) de David Baute o El último minutero (2004) de Elio Quiroga, en las que los nuevos planteamientos cinematográficos se hallan ya completamente asimilados.

Son estos los documentales que en cierto modo prefiguran lo que vendría luego: una verdadera edad de oro del género con piezas de relevancia nacional como La isla donde duerme la Edad de Oro (2005) de Isabelle Dierckx, La muerte no tiene amigo (2006) de Ayoze O’Shanahan, Geometría del invierno (2006) de Macu Machín, La vida según era (2007) de Juan José Alayón, Djarama (2007) de Chus Barrera y Alicia Navarro, y lo que todavía estaba por llegar, el cine de realidad de Víctor Moreno, Amaury Santana, David Pantaleón u Octavio Guerra, que ha llevado, por la vía de la realidad, al cine de las Islas hacia la vanguardia del cine español.

Sin embargo, entre Si me comprendieras y Rosario Miranda hay tres o cuatro años de tentativas, de transformaciones y de giros en los que el cine documental hecho en las islas se ve abocado a una suerte de crisis de lo consensuado. Las películas de ese periodo se debaten entre dos formas de hacer cine que son en cierto modo irreconciliables, pero que darán, en los años sucesivos, y por vías paralelas, el momento de madurez del documental hecho en Canarias al que antes aludíamos. Pienso en Los hijos de la nube (2000) de David Baute o La aventura del tabaco (2002) de Ayoze O´Shanahan. Se trata de películas de transición, en las que los elementos propios del género —la aportación de documentación acerca de un tema, la descripción de una circunstancia, el relato objetivo de unos hechos— comienzan a ser dinamitados por la aparición de la observación directa, por la mirada y el relato de los protagonistas y por la inclusión de técnicas narrativas propias de la ficción.

De entre las películas de ese momento hay una que destaca especialmente como vehículo de transición, una película en la que todas las virtudes —y algunos de los defectos— de ese nuevo modo de enfrentarse con la realidad se alían con el objeto de contar una historia real: hablamos de El viejo y el lago (2001) de Miguel G. Morales. En efecto, la historia de Luis Macías, el anciano que narra los cuarenta años en los que ha vivido junto al lago artificial que sepultó su pueblo natal, está lleno de guiños a los nuevos modos de la narración documental: conversaciones directas con el protagonista, divagaciones, fotografía de observación, a la vez que abre aún en su seno hueco para una voz en off que explica —a veces en demasía— y un modo de uso de la documentación más cercano a lo televisivo. El viejo y el lago es, al margen de sus indudables méritos, una película de frontera, una bisagra entre dos mundos que aún no se habían definido completamente. Es más, su pervivencia se debe, en gran medida, a la capacidad de este cortometraje para narrar, de cierta manera, el surgimiento del documental contemporáneo en las Islas. Así lo supo ver un sello indispensable para comprender los avances y los recorridos de nuestro género en la España de la época: Doc Amateur, una ventana abierta a la innovación en el cine de realidad que durante algunos años mantuvo abierta el Canal Documanía (algo así sería actualmente impensable en la televisión española de hoy, lamentablemente) premió la película en 2001 muy probablemente por ese carácter de El viejo y el lago de ser un pez capaz de nadar en varias aguas.

Poco importa si después de esta primera película documental tan estimulante Miguel G. Morales inició una trayectoria actualmente consolidada en el campo del documental de divulgación cultural. Aunque es cierto que a su mano pertenecen algunas de las más interesantes propuestas de este género en el panorama nacional, no es menos relevante que a lo largo de estos años siempre ha permanecido, en el ánimo y en el deseo de Morales, la intención de realizar un cine más acorde con sus inclinaciones hacia la experimentación y la vanguardia. Sin embargo, por razones en las que no es necesario entrar ahora, nuestro autor ha asumido una tarea cinematográfica de primera magnitud: nada menos que otorgar visibilidad audiovisual a algunos de los más señeros hitos de la cultura hecha en Canarias. No se trata de una labor fácil, ni mucho menos una tarea a la que se pueda renunciar fácilmente: la historia cultural de las Islas aún no ha tenido tiempo de agradecer a Miguel G. Morales sus desvelos en el empeño de dar a conocer entre la ciudadanía los nombres y los signos culturales que constituyen, hoy por hoy, la mejor aportación de este archipiélago al discurso universal. Títulos como Al silencio. Cristino de Vera (2005), En el ala del sueño. Juan Ismael (2007), Taro, el eco de Manrique (2012) o la recientísima Las manos (2015) cuentan entre los mejores ejemplos del documental cultural nacional, a la vez que dan cuenta de figuras imprescindibles para comprender la razón de la profunda raíz universal de la cultura insular.

La prueba de que Morales no ha renunciado nunca a sus anhelos cinematográficos la tenemos en la película que cierra la programación de esta noche, Hombre que hace que duerme (2015) que de momento sólo se ha visto en el Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria. Esta película, el homenaje personal del director a un amigo fallecido, supone un esfuerzo complejo, pero resuelto con solvencia, para adentrarse en los laberintos del relato de la existencia, esa sustancia que es mucho más que la vida y en la que, a partir de los cortes y los solapamientos que sobre la materia de lo real producen la memoria, la conciencia y la voluntad, se van encadenando las vivencias, los recuerdos y las reflexiones en un relato cuya única posibilidad de unidad parece centrarse en el vuelo de los ensueños. Hombre que hace que duerme plantea la idea moderna de que la única estancia constructora de sentido es el lenguaje: la única materia capaz de poner en relación de continuidad una fiesta, un viaje, las memorias, el dolor y las complicidades. La realidad es un torbellino en un torbellino en un torbellino: el cine logra, a veces, reunirla, traerla hasta aquí: otorgarle la apariencia de lo posible. Con Hombre que hace que duerme Morales da continuidad a sus antiguas aspiraciones, y se sacude las etiquetas con las que sus espectadores, agradecidos, hemos tratado de encasillarlo. Hay otro Miguel G. Morales. Y está entre nosotros. Hombre que hace que duerme lo demuestra.

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