“Me gusta la idea de que el director está ahí para dejar que la película se haga a sí misma”

El pontevedrés Ángel Santos estrenó Las altas presiones en Tenerife

La edición 2015 de los Encuentros con el cine se cerró el 11 de noviembre con la presencia de Ángel Santos. El cineasta gallego venía a hablar de Las altas presiones, una película independiente, sutil, un viaje por las decepciones de toda una generación representadas en Miguel -fantástico Andrés Gertrudix-, un fracasado aspirante a cineasta que regresa a su ciudad natal para grabar posibles localizaciones para una película de otro. El coloquio estuvo moderado por el documentalista y teórico Dailo Barco.

Lo primero que llama la atención de una película que transita por el terreno de la apatía es su título, que remite a todo lo contrario: “Me apetecía que todos los elementos de la película se pudiesen leer en más de una dirección”, comenta Santos cuando el propio moderador le pregunta por el tema. “Las ‘altas presiones’ son esos cielos despejados, el buen tiempo, me apetecía que fuera un contraste con el estado del personaje y también la promesa de algo bueno. Y a la vez está la idea de las presiones, de esas cargas que llevamos todos a cuestas, esas expectativas de vida”. Porque la cosa va de expectativas frustradas, o no cumplidas: “De eso hablábamos mucho con Andrés Gertrudix. De esas expectativas que uno se crea con los referentes, la música pop y cierto tipo de cultura popular que te lleva a desear cosas que igual no son de esa manera”, recuerda el cineasta.

Ese aire de decepción, ese paseo entre ruinas y la crisis como sustrato de la historia, volverá a aparecer en las escasas intervenciones del público asistente, más silencioso que de costumbre. “En realidad el origen de la película fue una reacción al momento en el que estábamos viviendo”, comenta Santos. “Esto se empezó a escribir como en 2007-2008, estos inicios de crisis o algo que oteabas en el horizonte. Y me interesaba mucho hacer, y todavía no sé si es posible, una película política y sentimental al mismo tiempo, La mamá y la puta aparte -película rodada por el francés Jean Eustache en 1973-, que es algo inalcanzable”. Y luego apostilla: “Me apetecía hablar sobre esta decepción de mi generación: de todas esas promesas, de ese estado del bienestar, de una generación, del baby boom de finales de los 70, esta cosa de haz lo que quieras, estudia lo que quieras, que podrás realizar tus sueños, que se viene abajo por muchos factores. Y luego, la idea de la crisis, de esta rabia, de ahí sale la película y de ahí viene un poco la rabia del personaje y toda esta idea alrededor de los espacios”, responde al ser preguntado por las ruinas que aparecen siempre como localizaciones. “Aunque hay que darse cuenta de que todos estos espacios que vemos son producto de crisis anteriores. Uno se llega a preguntar cuánto tiempo llevamos en ciertas situaciones”, matiza. Para Santos está claro en el filme que “la generación más joven tiene como otro tipo de energía, se enfrenta a los mismos problemas de otra manera. Quizás a Miguel le cuesta un poco más. La crisis me servía para hablar también del estado interior del personaje, ese viaje desde un lugar destruido e ir construyendo la película hacia lo habitable”.

Cineasta y hombre

Las altas presiones es también una película sobre un cineasta. “No es que yo dijera ‘Voy a hacer una película sobre un cineasta’. Eso me daba respeto porque parece que hay algo muy autorreferencial, incluso como una manera de banalizar esa figura. Pero llegó por azar, por fijarme en un amigo que estaba haciendo un trabajo de este tipo, y que me permitía una libertad muy grande: podía elegir cuáles eran esas localizaciones y podría utilizarlo como excusa, ir a cualquier sitio”, reconoce. Y al final una película sobre un cineasta es necesariamente, además de un juego de metaficción, una película sobre alguien que mira y eso tiene su consecuencias en el lenguaje: “Me interesaba esa idea de ‘cuadro dentro del cuadro’, que se repite bastante en la película, cómo vemos al otro, el plano contra plano. Parece que hoy en día. en la modernidad, articular una película así es como algo viejo, erróneo casi, todo lleva al plano secuencia, pero a mí me interesaba precisamente hacer una película de alguien que mira y qué sucede cuando se incorpora”.

Y es además una película, como recuerda el moderador, sobre cierto tipo de masculinidad: “Recuerdo que con el primer corto que hice, un amigo me dijo que hacía películas de hombres idiotas y mujeres inteligentes y ya me hizo gracia y quizás desde aquella sigo un poco en esa línea. Lo que sí me interesaba era esa búsqueda de lo femenino, de las relaciones sentimentales, enfrentado a Miguel. Quizás simplemente me interesaba que se le definiese a través de los otros personajes porque él simplemente observa, mira y se equivoca”, reconoce antes de matizar que “nunca me hago planteamientos generales en plan ‘Voy a hacer una película generacional o a hablar sobre el hombre o la masculinidad’. Es todo mucho más intuitivo, parte de observaciones más íntimas”.

Trabajo con los actores

Otro elemento esencial en el filme es la decisión consciente de rehuir ‘lo dramático’, de asumir la contención como expresión de la cotidianidad de los personajes. Y eso se consigue con un trabajo atípico, con una inusual confianza en los actores. Se trata de “generar complicidad, que entiendan bien el tipo de proyecto y que entiendan sobre todo lo que no queremos”. Santos no quiere conducirlos demasiado más allá de los acuerdos genéricos a los que llegan en los ensayos, pero la aparente improvisación no lo es tanto: “Sí que ensayamos, repetimos las escenas, buscamos exactamente qué cosas nos interesaban, pero en el rodaje prácticamente no se hablaba de todo eso. Me gusta dejarme sorprender. A veces se tiende a lo contrario, a tratar de dirigir demasiado, a buscar el personaje carismático. Aquí era un poco vaciar, quitar todos esos elementos”.

“Sí que hay pequeños momentos en los que tengo el guion en la cabeza. Si habíamos planeado la escena aquí y está lloviendo y es mejor hacerla aquí, me da igual, la escena coge su propia vida y eso me gusta. Me gusta mucho la idea de Jean Eustache -de nuevo el cineasta francés-, que decía que el director está ahí para que la película se haga a sí misma y para que los técnicos no tomen el control. Me gusta la idea de crear ese espacio y de dejar que el director de fotografía no se sienta tan cómodo, evitar las marcas de foco… Una de las decisiones formales de la película, rodar en 16 mm, viene de ahí, de intentar ponernos en tensión a todos. Si solo podemos hacer dos tomas vamos a estar en tensión y va a suceder algo que no pasaría de otra manera”.

Una cosa que también tiene clara el pontevedrés es que este método de trabajo no funciona con cualquiera, como reconoce al hablar de su primera película, Dos fragmentos / Eva. “Tenía un actor que funcionaba muy bien improvisando, dejándose llevar, y su pareja necesitaba que le dijese más precisamente cada escena. Era difícil ese equilibrio. En este caso buscamos más que todos estuviesen en sintonía en ese sentido y que también se crease entre ellos esa complicidad. En realidad me pasé la mayor parte del tiempo buscando el casting y el punto de encuentro entre distintas personalidades que, curiosamente, vienen todas, menos Andrés Gertrudix, del teatro independiente”, recuerda.

Crítico, cineasta, exhibidor

Antes de llegar a Las altas presiones, Ángel Santos estudia Historia del Arte y Cine. Hace cortometrajes, debuta en el largo sin demasiada repercusión y trabaja como crítico en medios digitales: “Empecé a escribir cuando estaba en la escuela de cine para estar activo. Me costaba mucho más pensar qué proyecto quería hacer que escribir sobre películas que me gustaran, obligarme a reflexionar sobre ellas. La diferencia, y por eso también lo fui abandonando, es que me daba cuenta de que estaba hablando todo el rato de las películas que yo quería hacer. Quizás cuando escribes tienes que tomarte otra distancia. En los compañeros con los que trabajaba notaba que había una manera de acercarse a las películas más propiamente critica”.

Ahora, con el reconocimiento precisamente crítico y de algunos festivales, Santos es considerado una de las puntas de lanza de eso que se ha dado en llamar el Nuevo Cine Galego -Lois Patiño, Xurxo Chirro, Eloy Enciso- y por ende, uno de los representantes también de una nueva forma de entender el cine en España. “La producción en España se ha polarizado mucho: las producciones grandes y televisivas por un lado y las producciones mínimas por otro. Sí que hay muchísimos proyectos interesantes de gente que se siente como en la misma batalla y creo que sí hay cosas que comparto con muchos de estos cineastas y vínculos que se van estableciendo: Jonás Trueba, Fernando Franco… Pero a la vez no dejas de estar solo, cada uno está como en su propio mundo tratando de levantar su proyecto”, comenta al hablar de esa nueva generación de cineastas muchos de los cuales han sido centro de atención de Encuentros con el cine.

El tema gallego es cosa aparte: “En Galicia es cierto que hay como algo más de orgullo por este momento que se está viviendo desde hace unos años, producto de una política cultural determinada que ahora, por cierto, está en vías de desaparición por culpa de los agentes habituales que se dedican a estropear lo que existe. Sí que surgió un grupo, gente que fue estableciendo contactos a través de unas ayudas como muy pequeñitas pero directas a creadores y que permitieron realizar cortometrajes y películas por muy poco dinero que se han visto en todo el mundo. Ahí sí que hay una comunidad en realidad, un sentimiento de pertenencia a un grupo, hay intercambio, hay ida y vuelta y es muy interesante. Estas cosas también son efímeras y hay que ser cautos y críticos porque luego están los resultados y no todo vale ni hay que conformarse, pero creo que sí que hay un movimiento muy interesante dentro del Novo Cinema Galego y me siento orgulloso de estar ahí”. La diferencia entre Santos y el resto de los autores de ese ‘nuevo cine’ que se hace en Galicia está en que él trabaja en la ficción, con estrategias atípicas, pero en la ficción, mientras que el resto han abrazado la ‘no ficción’, el experimental y las narrativas límitrofes como su forma de expresión. “Quizás el Novo Cinema Galgo que importe no sea el que está ahora sino el que va a llegar dentro de unos años y eso sería ideal, que la gente gracias a esto llegase a un lugar todavía más interesante que en el que estamos nosotros”, parece soñar aunque siempre con cierta cautela.

De momento, este atípico lugar de encuentro entre nuevos cineastas, crítica y exhibidores en Galicia ha hecho que Santos se aventure también en el sector de los festivales. En Pontevedra, “que es una ciudad que no tenía actividad cinematográfica apenas”, organizará uno centrado en la ficción. “Nos interesaba centrarnos en lo emergente, nuevos realizadores, gente que hace películas con poco dinero o con propuestas mas arriesgadas, pero también tratar de que sea algo que involucre a la ciudadanía, no en el sentido de radical porque sí o tratar de ser exclusivos sino al contrario, incluyente. Y a ver hasta dónde llegamos”. En diciembre se celebra una pequeña muestra y en julio de 2016, la primera edición. Su nombre, diáfano: Novos Cinemas. Mucha suerte.

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