El indiscreto encanto de Rafael Navarro

Por José Cabrera Betancort.

Rafael Navarro Miñón es lo que popularmente se denomina un artista polifacético. Premio Nacional de Arquitectura durante la Transición, es también escritor, escultor, fotógrafo, actor y recientemente cineasta. Enfant terrible septuagenario, pasa por ser una de las figuras más apreciadas del reciente cine canario. Atesora una serie de trabajos que han sido valorados por su frescura y por un sentido del humor peculiar e intransferible manifestado en su obra. De personalidad arrolladora, forma parte de una generación de cineastas nacidos alrededor de 1980, más concretamente de un grupo de cineastas grancanarios que trabajan en cooperativa y con los que Rafael Navarro ha colaborado en el último lustro.

Su primera incursión en el cine la hizo como productor de uno de los grandes talentos del cine canario, David Pantaleón, y fue con una obra de referencia en el cortometraje de las islas: Belanglos. Su debut como director, Alpha/X/Z, era una revisión de La Jeteé de Marker. Un experimento que encontró la colaboración de Adán Zeus, miembro de Pumuky y líder de El pilar azul, dos bandas de referencia en la escena musical canaria. Seguidamente ganó el concurso Visionaria.

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“El cine no es un arte que filma la vida, el cine está entre el arte y la vida”, decía Jean-Luc Godard y esto se manifiesta en la que pasa por ser su mejor obra hasta el momento, La cantante. Cambia los roles con Pantaleón, que ejerce esta vez de productor. Un juego de imágenes donde la arquitectura se convierte en protagonista, una escucha aparentemente repetitiva, y una conversación que para muchos se enmarca entre las mejores secuencias del cine canario. Tras un éxito notable, su siguiente obra, La vie en rose, se convierte en una suerte de continuación de La cantante, situando su relación con Pepa Azaola en primer plano y cambiando el estilo en la composición de las secuencias. Siendo la narrativa algo más convencional, la película continúa siendo un capítulo interesante de lo que más tarde se convertirá en trilogía y ahonda en este autorretrato de Navarro sobre las bondades de la vida burguesa.

En cierto modo, Navarro ha mimetizado su relación de pareja en su obra fílmica y la ha convertido en un faro para su proceso creativo. De modo distinto a como lo hicieron otros directores (Roselini, Allen, Cassavettes, Zulawski, Godard o Bergman), pero manteniendo algo de esa verdad fílmica que se entrevé en obras donde la vida privada se mezcla con la ficción ante la mirada atónita de un espectador consciente de entrar en un ámbito privado del narrador tamizado por un filtro. Y es que esa es la base de su cine: su relación con Pepa, el afecto y el paso del tiempo. Una coordenadas cercanas a tantos clásicos del cine.

Moscú, su único largometraje hasta la fecha, es una obra áspera con algunos momentos de brillo y quizás traicionada en algunas secuencias por una producción de guerrilla que limita sus resultados. Repite algunas de las señas de identidad del autor y crea un universo propio alrededor de elementos minimalistas. El paso del corto al largo no resulta fácil.

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Su último trabajo, La casa de Trotsky, abunda en la idea de lo autobiográfico como material para construir la historia y es el tercer cortometraje donde Pepa Azaola carga con un protagonismo más o menos involuntario. Es el primer cortometraje donde asume funciones de director de fotografía captando imágenes con una cámara doméstica. Además, añade el viaje como elemento desencadenante de la narración. La obra de Navarro cabalga entre géneros aunque en este último trabajo por primera vez está más cerca del cine de realidad que del cine de ficción.

Actualmente sus trabajos se apoyan en el buen hacer de cineastas jóvenes como Óscar Santamaría, Carolina Hernández, Cristian Lage y especialmente de Fernando Alcántara, su montador de cabecera. Gradualmente ha cambiado un cine basado en planos detalle que fraccionaban los elementos protagonistas de sus primeros cortos por un cine de planos generales. También ha cambiado hacia un cine menos formalista. Pero sin duda, cuando nos preguntamos si existe un cineasta, un autor firmante en las obras mencionadas en este artículo la respuesta es clara,  Rafael Navarro Miñón ha creado un universo propio, cercano e intransferible. Apreciable y apreciado. Con momentos de gran valor cinematográfico. Y esperamos que siga creándolos durante mucho tiempo como el resto de cineastas de su generación.

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