“Me gustaría hacer un cine que no dé muchas licencias al espectador, que se fastidie”

El grancanario Rafael Navarro Miñón estrenó Moscú, su debut en el largometraje, en Tenerife.

El ciclo Encuentros con el cine inauguraba su tercera temporada en julio con la presencia de Rafael Navarro Miñón, una de las voces más sorprendentes del audiovisual canario en los últimos años. El cineasta venía a hablar de su debut en el largometraje, Moscú, un experimento formado por tres historias y con el protagonismo absoluto de la ciudad y sus sonidos. La proyección debía complementarse con el visionado de su cortometraje más laureado, La cantante, pero problemas técnicos impidieron que se viese completo. El coloquio posterior estuvo moderado por el también cineasta y programador José Cabrera Betancort.

“Ha sido una pena que no se haya visto La cantante porque el tiempo de las películas, al menos de estas dos, tiene una correlación importante, así como los escenarios”, comenzaba diciendo Rafael en el coloquio. “Se hubiese comprendido mejor Moscú, se hace menos pesada, por decirlo de alguna manera, si uno conoce el ritmo de La cantante. Es siempre un cine muy de observación, muy del tiempo no pasa, es la vida…”. ¿Justificación? Puede, pero esta forma de arrancar no deja de aportar elementos importantes a la hora de analizar la película. Eso sí, uno no sabe muy bien nunca hasta dónde habla el personaje y hasta donde la persona. Si son lo mismo o no. Cuánto hay de juego en las palabras de Rafael Navarro. El coloquio transcurre, claro, divertido y salpicado de perlas: “Es sorprendente lo viejo que estoy y lo joven que me encuentro”, dice mirándose en la pantalla donde, de fondo, hay un fotograma de la película. “Es impresionante. Siempre me llama la atención. Me quedo asombrado”.

Las tres historias de Moscú, independientes, están unidas además de por el blanco y negro y por la presencia de algunos actores, por la decisión de que el sonido de la ciudad sea el protagonista, relegando los posibles diálogos a un plano casi anecdótico. Me parece muy potente ese sonido continuo de la ciudad. Yo vivo en esa calle y creo que lo tengo metido y me parecía importante expresarlo”, comenta Rafael. “Yo tenía todo para que se entendía perfectamente, pero no era la intención cuando hice la película. El técnico de sonido se quedó horrorizado. Me parece que el sonido va a ser, si continúo con esto, que lo estoy dudando, la base fundamental en la que voy a seguir trabajando. De hecho el proyecto que tengo en mente también juega con el sonido, con las músicas, con el silencio, con el no sonido”, avanza.

Hay una intención reconocida en el cine de Rafael Navarro de ir contra los convencionalismos del cine mayoritario, creando películas incómodas de ver: “Cuando uno va a ver una película está acostumbrado a un lenguaje cinematográfico y cuando se rompe ese esquema resulta un poco sorprendente y no sé si uno se encuentra a gusto. En esta película, además, la sensación de soledad que hay en todas las historias refuerza esa incomodidad del espectador. Nunca es una soledad buscada, siempre es impuesta”.

Esa idea de ir contra lo establecido convive con el gusto por los homenajes. Ambos elementos son propios, como él mismo señala, de un cineasta novel. “Esta película no hace sino repetir escenas o momentos que a mí me han impresionado en el tiempo reciente. Antes iba siempre a todas las películas de Batman y no sé si me gustaban o no, hasta que un día, a través del festival -el Festival de Cine de Las Palmas de Gran Canaria-, vi una película de estas espantosas, larguísimas, en la que no ocurría nada y me pareció fantástico porque estaba allí y había ido a Cannes. Era una película filipina y tardaba me parece que 12 horas. Uno podía salir, volver y el filipino estaba siempre en el mismo sitio. Y dije ‘Esto yo lo puedo hacer’. En vez de buscar un filipino, me era más fácil encontrarme a mí mismo y conmigo podía hacer cualquier cosa. Me pongo a comer espaguetis y a alguien le gustará, ¿no?”, comenta irónico. Más tarde en la conversación Rafael citará algunas de las películas concretas a las que homenajea en Moscú (Ladrón de bicicletas, El caballo de turín, Al final de la escapada) y abundará en la idea de crear un cine sin complacencias. Me gustaría hacer un cine que no dé muchas licencias al espectador, que se fastidie. Aquí hay un juego que quizás entiendan los que hayan visto películas de Sang-soo, un cineasta coreano que juega con el tiempo: las historias empiezan de nuevo cada cierto tiempo, con su ritmo, y los personajes se comportan a veces igual, a veces parecido, a veces muy distinto. Tengo una marcada influencia por ese cine que me parece encantador y aquí le di una vuelta de tuerca y creo que me pasé, porque hay muchísima gente que cree que las historias están enlazadas. Sí que tienen guiños de unas a otras, pero no hay ninguna continuidad”.

Si Moscú pone en primera línea el sonido ambiente, también lo hace, en determinados momentos, con algunas canciones, siempre, como le gusta a Rafael, con excusa diegética y protagonismo determinante. “No sé muy bien si es la música la que me crea la escena o si creo la escena y luego busco la música. Normalmente para trabajar un guion, que hago muy elemental con el relato de la escena y ya está, me pongo en el ordenador a buscar en Spotify. Voy pasando de canción en canción relacionadas y hay un momento en el que la encuentro: ‘Esta es la escena, esta es la música’. No sé muy bien qué es primero y qué es después”.

Hay otros elementos del largometraje que llaman poderosamente la atención. Es el caso de la utilización de los créditos finales de Ladrón de bicicletas, para terminar una de las historias. “No sé por qué lo hice. Hay cosas que te gustan y ya está. Nadie quería ponérmelo. El editor, Fernando Alcántara, fantástico editor por otra parte, pero terrible, con su personalidad, no quería. No le hice caso y logré poner eso”. Otras ideas de Rafael, en cambio, no superaron el filtro, como la de poner créditos al final de cada historia para dejar claro que eran independientes. “Parecía como si yo considerara que ustedes fueran tontos y sí, creo que todos somos tontos, yo el primero, y si no me explican las cosas no las entiendo. Y si me engañan me fastidia. Si está hablando un actor durante toda una película con una cosa que parece que es su mujer y al final enfocas y es un gato, la película es un desastre. Hay que enseñar al gato primero. Yo quería enseñar a mi gato, que es que las historias son independientes y solamente me parecía divertido jugar con los mismos actores y en cambio utilizar directores de fotografía diferentes”.

Porque esa es otra de las características que más puede llamar la atención en Moscú. Cada episodio está rodado con un director de fotografía diferente: el propio Fernando Alcántara, Cris Noda y Adrián León Arocha. “Cada uno hizo la fotografía de forma totalmente distinta, aunque haya una unidad que parece que uno impone”. Es momento para recordar también a los actores: “Marine -Marine Discazeaux- y Oscar -Oscar Santamaría- no son actores profesionales, pero son fantásticos en todo lo que hacen y Jesús García, que es un chico de la Asociación de Cine Vértigo, es fantástico también. Lo hace perfectamente y no hay ninguna preparación, absoluta libertad. Yo les digo ‘Haz esto’ y ellos lo hacen con la máxima naturalidad que pueden, porque siempre está la cámara, sentirse observado… Pero lo hacen muy bien. Estoy muy contento”.

Moscú está llena finalmente de elementos icónicos del comunismo. Aunque Rafael afirma que no había una intención política de partida, sí que reconoce que “hay un pequeño homenaje a ese comunismo del cual yo he sido en muchos momentos seguidor y cuya puesta en práctica en todos los regímenes que se ha aplicado ha sido desastrosa”. Pero también hay mucho de casualidad: “Un día fui a comer a casa de un amigo, que también es un comunista primitivo, que siempre canta la Internacional cuando uno llega, y me dijo ‘Mira lo que tengo y me sacó la musiquita’. Fue entonces cuando dije ‘Ya sé quién es el personaje’ y de ahí se montó Moscú. Además, yo había estado hace mucho tiempo, lo mío es siempre hace muchísimo tiempo, en Moscú y tenía el gorrito…”. Aunque la historia iba a ser diferente. Para empezar estaba ambientada en Navidad. “Éramos un grupo de gente que rodábamos y nos turnábamos para prestarnos los equipos. A mí, como soy el mayor, me dejaron para el final. Se acabó la Navidad, me desmontaron toda la ciudad, todos los árboles y tuve que inventarme otra cosa. Tengo la casa llena de trajes de Papa Noel porque todos los personajes eran Papa Noeles. No sé qué hacer con los trajes”, recuerda. 

Pepa y la arquitectura

Aunque no pudo verse completa La cantante era inevitable que en la conversación se hablase también de los cortos de Rafael, los trabajos que lo han dado a conocer y lo han convertido en el cineasta a seguir que ahora es. Y en sus cortometrajes, especialmente en los dos de mayor éxito, La cantante y La vie en rose, hay dos personajes protagonistas, además del propio director: Pepa Azaola y la arquitectura.

“No busco siempre la continuidad de Pepa aunque sí me gustaría terminar… hablan de una trilogía…, pero ella es muy reacia. -señala- Es todo lo contrario a mí. A mí me parece maravilloso verme, por mi carácter narcisista. Ella es todo lo contrario, le horroriza oírse, le horroriza ponerse delante de una cámara. Es una actriz muy díscola, además. Hace todo lo contrario a lo que yo le digo. Es muy complicado. Y piensa que las películas que hago de nuestra relación son muy parciales y que las hago desde el punto de vista mío y que la dejo a ella siempre muy mal. Y bueno, sí. Tengo otra propuesta para ella, pero no se lo puedo decir porque ya no me escucha: ‘Hazme tú el guion y dime qué es lo que tengo que hacer yo. Sería terrible, pero estoy dispuesto a hacerlo”, asegura con sorna.

En La cantante, el otro personaje principal es la casa del propio Rafael, que vuelve a aparecer en Moscú y que en los últimos años se ha convertido en epicentro no oficial del Festival de Las Palmas de Gran Canaria. “Está en Triana, en el límite entre Vegueta y Triana, al lado del Pérez Galdós. Es una casa que hizo mi abuelo y yo compré. Mi abuelo fue el primer arquitecto canario que trabajó en la isla e hizo muchísimas cosas. Y yo, por una casualidad, la compré: Una compañera mía de trabajo quería comprarse una casa, la acompañé, no le gustó y a mi me pareció maravillosa. Cuando hice la reforma de la escalera me enteré de que la había hecho mi abuelo y es fantástico, porque estoy en un sitio con el que tengo una relación importante. No sé si es el espacio. Me encuentro muy a gusto allí”.

Ese cine difícil

Durante la conversación se habla en varias ocasiones del cine de autor, de un cine no comercial, de unas películas difíciles de ver, pero que encierran grandes maravillas a quienes resistan hasta el final. Que ese aire de autor empape una conversación de una forma cotidiana es algo que ha conseguido, especialmente en la capital grananaria, su festival de cine. También otras iniciativas de cineclub. “Yo para ver una película de estas de autor tengo que ir al cine. Por eso voy a los cineclubs, porque en la casa de uno es imposible ver una película de esas, es insoportable. Cuando estás en el cine ya te cuesta más trabajo marcharte. En cambio mi mujer, que es mucho más práctica, sí se va a media película y dice ‘Con la cantidad de cosas que tengo yo que planchar, que hago perdiendo el tiempo aquí, viendo a este señor comiendo espaguetis’. Pero en una sala de cine -prosigue-, metido en la historia, siempre piensas que la película va a mejorar. A veces mejora y otras veces pasa como hoy, pero siempre te ha quedado la esperanza”.

Un poco más en serio aborda el tema del festival, que no sólo ha dado a conocer su cine, sino que podría decirse que ha sido el motor para que surgiera y se mantuviera, haciendo hueco en su cabeza para la cinefilia. “El cine que proyecta el Festival de Las Palmas no es un cine sencillo, requiere un esfuerzo y entonces hay muchas críticas porque parece que está preparado para una minoría intelectual. Es verdad. Pero también es verdad que eso crea una formación. Hay que hacer un esfuerzo para ver una película, en muchas de ellas, pero ese esfuerzo es lo que a uno le hace aprender. Creo que las películas hay que verlas hasta el final, asumiendo el riesgo, siempre que tengan una garantía, en este caso la de la gente que las selecciona y que es gente con bastante criterio y con un criterio bastante determinado. Uno sabe que va a ver un cine de ciertas características, luego no se puede sentir engañado. Creo que el Festival de Las Palmas enseña cine. También en la Asociación de Cine Vértigo, que tienen una película semanal con un coloquio, enseñan cine. La Filmoteca también, La Universidad. Hay muchas. La Casa Colón… La gran mayoría son películas con cierta dificultad, que van enseñando cine. Y va todo tipo de público porque como no cuesta nada… Les gustará o no, no lo sé, pero no se pierden una y se están formando”, concluye.

Anuncios

Acerca de Digital 104 Comunicación

Departamento de Comunicación de la empresa Digital 104, SL. Gestionamos las redes y blogs de la empresa y sus actividades, así como realizamos servicios de Comunicación para otras empresas.
Esta entrada fue publicada en Análisis, Crónica y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a “Me gustaría hacer un cine que no dé muchas licencias al espectador, que se fastidie”

  1. cineastasdecanarias dijo:

    Maravilla de artículo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s