El cine de Víctor Moreno: ‘La bulla de la historia’

Por Emilio Ramal Soriano

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El cineasta Víctor Moreno (Santa Cruz de Tenerife, 1981), entiende el cine documental como “un encuentro con lo real y con una forma de construcción narrativa, alejada de la del cine de ficción más convencional”, ese que deposita toda su pesada –y en demasiadas ocasiones trillada- artillería en el principio de causalidad. El ‘cine de no ficción’ de Víctor Moreno apuesta –con la sinceridad de quien no hace concesiones- por una mirada muy personal sobre lo cotidiano, por reflejar los momentos ordinarios de gente corriente. Es pues un cineasta que trabaja con lo real, hasta en cortometrajes como El extraño (2009), donde el vago azar o las precisas leyes posibilitan al autor la creación de una inteligente, enigmática y fascinante pieza de objet trouvé, con la que cosechó numerosos galardones, entre ellos el Gran Premio a la Mejor Película en Notodofilmfest; o en Ave feliz (2015), mejor cortometraje en la sección La Palma Rueda del Festivalito que, aunque aparentemente nos parezca una –divertida- obra de ficción, el autor sabe llevar al terreno que más le gusta, el de la realidad que le rodea.

El propio Víctor Moreno divide sus películas en dos categorías: las películas de “mirada”, como él mismo define a aquellas en las que la cámara, la planificación y parte del montaje están muy claras desde un principio, y a las que (como Ave feliz) pertenecería el cortometraje Feriantes (2010, primer premio en La Palma Rueda del Festivalito), planos fijos de los rostros, cierta mirada esteticista…; en contraposición a sus películas “de cuerpo”, grabadas cámara en mano, en las que el autor se deja llevar por el momento, por lo que vaya surgiendo delante de él, sin ideas formales previas, captando el tiempo… y en las que Edificio España (nominado al Goya al mejor documental de 2014), se erige como un auténtico hito, una excepcional alegoría de un país llamado España, película símbolo que acertó a reflejar como pocas el espíritu de una época marcada por una terrible crisis económica –y de valores-, en la que los trabajadores y los últimos inquilinos de las viviendas, se cruzan con el propia cineasta por las tripas de un mastodóntico y emblemático edificio varado en el centro de Madrid. Pues bien, el mediometraje La piedra (2013, segundo premio ‘Ciudad de Alcalá’ en Alcine y Premio especial en Alcances) también pertenecería a esas películas “de cuerpo”, no sólo en lo narrativo, sino también por su interés en lo físico, lo material, en la relación del hombre con los objetos, en la íntima relación, casi de fusión, que establece el escultor con la piedra, y donde el proceso creativo libre es doble: el del protagonista en su afán por extraer de la piedra su obra; y el del propio cineasta ante el reto de representar la realidad a través de su cámara.

Pero La piedra es, además, una reflexión sobre el trabajo entendido como ejercicio liberador y creativo, vital en el sentido espiritual del término, como reto de realización personal, y es el que acomete el protagonista, Santi (en contraposición con el que realizaban los trabajadores de Edificio España e incluso en Feriantes). A Moreno le interesa registrar el tiempo de una manera pausada, para que las cosas fluyan. En una época acelerada e impaciente, con el vertiginoso y frenético ritmo del lenguaje actual, en estos tiempos de mensajes cortos y precisos, en la era de whatsapp y youtube, con esos disparatados y mareantes montajes de las películas mainstream, que apenas dejan espacio para la observación de la imagen y la capacidad de análisis, el cine de Víctor Moreno es una apuesta por reivindicar otras narrativas, otros ritmos, apelando a un espectador activo que se acerque a esas obras a través de un contemplar pausado para descubrir otras maneras de contar historias. Pero sobre todo, su cine es una reivindicación de aquellas personas de las que (como al propio Víctor Moreno le gusta recordar) hablaba Unamuno, las que conforman la intrahistoria. De ellos habla y a ellos da voz con su cámara.

“(…) Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que, como las madréporas suboceánicas, echa las bases sobre las que se alzan los islotes de la Historia. Sobre el silencio augusto, decía, se apoya y vive el sonido, sobre la inmensa humanidad silenciosa se levantan los que meten bulla en la Historia. Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentida que se suele ir a buscar en el pasado enterrado en libros y papeles y monumentos y piedras.” (Miguel de Unamuno, En torno al casticismo, 1905).

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