“Si una peli es de verdad, siempre es universal”

El guipuzcoano Asier Altuna estrenó en Tenerife Amama, su primer largometraje de ficción en solitario.

Volvíamos después del verano. La primera entrega de la cita de septiembre estaba protagonizada por Amama, primer largometraje de ficción rodado en solitario por el guipuzcoano Asier Altuna. El filme, rodado en euskera y ambientado en un caserío tradicional vasco, pone el foco en el conflicto entre lo rural y lo urbano, entre la tradición y cierta idea de progreso, con el arte como telón de fondo o hasta personaje protagonista más. El coloquio estuvo moderado por la crítica y comisaria artística Dalia de la Rosa.

Amaia es la más pequeña de tres hermanos. Vive con sus padres y su abuela (la amama del título) en un caserío de Guipúzcoa. La tradición familiar ha determinado el futuro de los hermanos desde que eran niños a través de los colores: el mayor, Gaizka, el rojo, es el fuerte y será quien herede el caserío y lo trabaje. Pero Gaizka tiene otros planes. Xabi, el blanco, es el vago, y hace tiempo que se casó y huyó de un entorno familiar que nunca le tomó en serio. Amaia es el negro, la rebelde, la mala… Así podríamos empezar a resumir el argumento de Amama, pero nos quedaríamos inevitablemente cortos. Hay muchísimo más dentro de la película, mucho de ello difícil de describir. Hay sobre todo un universo propio que conecta de forma sorprendente dos universos tan alejados en principio como la vida en un entorno rural y el entorno contemporáneo de galerías, exposiciones y videoarte.

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“La trama principal de la película, cómo un padre rompe la incomunicación con su hija a través de una cama, lo leí en un poema de Kirmen Uribe, un escritor en lengua vasca que es un poeta buenísimo. En un poema habla de la hija de un campesino que se queja de que su padre nunca le ha dicho ‘Te quiero’. Y el día que esa chica se va a la ciudad, a casarse, su padre le regala una cama de hierro y rompe esa incomunicación”, recuerda Asier al hablar de dónde surge la historia de Amama. “A mí me impactó muchísimo porque era un padre que no hablaba nada, que yo conocía y que creo que muchos hemos conocido. Y la que se enfrentaba a ese padre era una chica de hoy en día que se iba a la ciudad a vivir. Desde hacía mucho tiempo tenía una idea de hacer una película localizada en el mundo rural, en un caserío, pero de repente en esos dos personajes vi una historia muy real y que me enfrentaba a dos mundos muy diferentes: ese personaje isla, tradicional, que vive en su mundo; y esa mujer de hoy en día, capaz por primera vez de enfrentarse al patriarcado”. En esa historia, Asier encontró también “algo muy visual: una persona que no habla, que en cine a mí me encanta ya de primeras, pero sobre todo la posibilidad de mostrar un montón de cosas, sobre todo manuales, que se pierden cuando dejamos de trabajar la tierra o vivir de la manera en la que vivían nuestros antepasados”. Cambió el hierro por la madera, se inventó que en esa familia se plantaban árboles (y se pintaban) y creó la historia real y la fábula que discurre paralela complementándola y haciendo que el trabajo de Amaia vaya ganando sentido a medida que transcurre el filme.

En realidad, “es una historia dura, que cuenta una situación que está pasando de verdad en el País Vasco. La vida ha cambiado muchísimo en dos generaciones. Lo que antes era una cosa tan importante, como recibir en herencia un caserío, hoy no lo es, se mira más a la ciudad”, comenta Asier. “El padre es mi personaje favorito. Está en crisis total porque todo en lo que él cree, todo lo que ha construido, la herencia que recibió y tiene que transmitir, con lo importante que es para él, se viene abajo porque la siguiente generación no quiere saber nada”, reconoce. “Es un personaje que al principio es duro, violento, rudo, pero creo que es bonito el momento en el que pasa de esa violencia, de ese machismo, a lugares mucho más femeninos, más de sensibilidad, de transmisión, de comunicación. Yo he tenido un padre así, silencioso, pero que nunca me ha fallado”.

Un veterano actor vasco, Kandido Uranga, da vida a ese padre. “Hay dos actores que tenía clarísimo desde guion que eran los padres, Kandido Uranga y Klara Badiola. Con Kandido ya había trabajado en mis dos primeros cortos, hace muchísimos años, que estaban ambientados también en el mundo rural. Kandido es un actor que te da ese punto de tierra. Incluso las manos que aparecen, que yo pensaba que tendríamos que usar un doble, son de él, un poco maquilladas ya daban el punto de campesino”, recuerda y empieza a hablar del casting, una de las grandes virtudes de la película.

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“Siempre me ha gustado también jugar con la intuición y empecé a elegir a los actores que iban a hacer de hijos pensando en sus colores. Amaia tenía que ser morena, ojos negros, que me llevara al color negro directamente. Empecé a buscar en castings y apareció Iraia Elías, que nunca había hecho cine ni tv, pero sí mucho teatro, y vi esos ojos negros tan grandes y oscuros… Me acerqué a un teatro donde actuaba y descubrí a una mujer con mucha fuerza y arriesgué. El hijo vago, Ander Lipus, es un actor de teatro muy conocido también que es así, como chistoso, con tripa, el bonachón… Ya me daba el físico. Y el tercero, el hijo que se va, Gaizka, es el hijo real de Kandido Uranga. Ese parecido y esa mirada que tiene… No era actor y fue el que más trabajo me dio”, reconoce. Y llegamos al descubrimiento de la Amama. Sin ella, la película perdería gran parte de su belleza plástica: “Lo bonito fue encontrar a la abuela. Estaba a dos meses de empezar a preparar la peli y ya estaba nervioso porque creo que en realidad buscaba a mi abuela. Tengo un recuerdo de ella sentada en la cocina del caserío, elegante, con arrugas, con ese moño… Y de repente vi a esta mujer en una cafetería y tuve la osadía de acercarme y plantearle que estaba preparando una peli y que quería hacerle una prueba con la cámara. Al principio me tomó por loco, pero estaba con familiares que sabían que yo hacía cine y al final accedió. Me di cuenta de que ponías la cámara y ni se inmutaba, era una maravilla. Convencerla fue más complicado. Le pasé el guion y me puso una pega, que era la secuencia del ataúd, decía que era muy joven para morir todavía y que no quería hacer esa secuencia. Pero al final la convencimos. Fue un placer trabajar con ella. Aparte del físico, era una persona dispuesta a hacer una peli, que no es nada fácil, con 84 años. Porque es un esfuerzo físico y mental, hay que estar ahí, rodeado de líos, de focos y hay que dar la cara y en ningún momento flaqueó”, recuerda exultante Asier.

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Amparo Badiola da vida a esa amama de la familia. “Es un personaje misterioso, no habla, no sabes si se entera de lo que pasa ahí”, afirma. “Hay una frase en la película que dice que hace 80 abuelas vivíamos en el Neolítico. Es una frase de Jorge Oteiza, escultor y pensador del País Vasco, que me dio el punto que estaba buscando en la película. A mi me produce  mucha inquietud cómo en dos generaciones hemos cambiado la forma de colocarnos en el mundo, que la filosofía de mi abuelo y la mía no tengan nada que ver. Me preocupa que tenga toda esa sabiduría y si la sabré transmitir a mis hijos. La frase me dio la clave para decir que ese caserío igual se cae, igual ningún hijo de los que hemos conocido acaben viviendo ahí o igual sí o dejarán de labrar la tierra y montarán un hotel rural o una galería de arte, no sé qué pasará… Da igual. Se puede caer, pero la transmisión se dará porque hace 80 abuelas estábamos en el neolítico. Algo de esas 80 abuelas tengo porque los noto muy cerca. Y eso me tranquiliza”, confiesa Asier.

Una artista en el caserío

Llama la atención en el planteamiento de la película que uno de esos hijos, que han crecido en un entorno rural, sea artista contemporánea y especialmente que siéndolo, siga viviendo en el caserío e investigando entorno a su abuela y el territorio. “Que Amaia fuera artista era una excusa para poder tener mucha libertad y poder jugar a introducir de una manera elegante, creo, imágenes relacionadas con el caserío que me apetecía rodar: esas abuelas tirando de la cuerda, ese chaval que soporta a sus espaldas el peso de toda su familia…”, reconoce Asier. “Al principio pensábamos encargar la obra de Amaia a un artista joven, pero yo tenía un montón de imágenes que pensaba que tenían que estar y nos pusimos el director de foto, la gente de arte, Iraia Elías, Amparo Badiola y yo a jugar. Fue un proceso que fue haciéndose mientras rodábamos la película”. Un proceso peculiar que ahora se estira un poco más con exposiciones reales, ahondando en esa confusión entre realidad y arte que propone el filme: “Hemos hecho una exposición ya -con la obra de Amaia y con elementos de la película- y el mes que viene vamos a Bayona, que está en el lado francés. Y luego tenemos otra en Vitoria. Ves todos los cuadros que están en el funeral, está la cama, hay bocetos de guion, un visual de 10 minutos…”, comenta.

“La secuencia del funeral es el sumun de la obra creativa de Amaya porque esa performance con imágenes, con el cello, es un homenaje que hace a su abuela. De alguna manera a través del arte se da la transmisión, incluso su padre llega a llorar viéndolo, que al principio es imposible que ese padre se siente a ver un videoarte de su hija. Hay también una evolución de la obra de Amaia que al principio está usando de musa a la abuela pero por estética sin contar nada y al final usa el arte para despedir a su abuela, para la vida, como yo siento que debe usarse el cine también, para romper bloqueos, transmitir cosas”, afirma. “Todo este final del funeral performático fue una decisión que se tomó muy tarde, en el guion, de primeras no estaba así, pero de alguna manera me cerraba. Había vivido varios funerales de amigos de este tipo. Cada vez que muere un amigo tenemos que inventarnos porque igual la iglesia no nos da la manera de despedir que nos apetece. Era una manera también de reivindicar eso”. Es el momento de extraña comunión entre lo artístico y lo más tradicional, entre dos universos que parecían tan alejados: “Yo recuerdo que mis abuelos fueron velados en el caserío y tengo un buen recuerdo. Hay un momento en que la abuela acerca a los dos nietos para ver por última vez a la amama. Eso me pasó a mi con una tía y tengo un buen recuerdo porque me parece que es una manera de vivir también, estar cerca de la muerte. Últimamente tenemos tendencia a esconderla y creo que hay que darle la vuelta a eso”.

Tan local que es universal

Una espectadora defiende la idea de que es una película muy vasca y se pregunta por cómo la han recibido en otros lugares. Asier contesta. “He estado en lugares muy diferentes y en todos se entiende perfectamente. Al final estamos hablando de un padre, de una hija, estamos hablando de familia y en todas las culturas hay conflictos familiares. Casi todos los trabajos que he hecho son localizados muy concretos en el Pais Vasco, pero al final si hablas de verdad de algo que conoces y sin ningún tipo de filtros, creo que estas haciendo algo universal siempre. El caserío es una atmósfera en la que he vivido de pequeño y están todos los detalles al milímetro, pero no porque estén buscados, sino porque salen de manera natural. Si es una peli de verdad es universal siempre. En los coloquios me he dado cuenta, además, de que no es sólo un tema rural. Se están perdiendo oficios, tradiciones, tiendas que se cierran y ocupan multinacionales. Ahí hay un drama familiar también de gente que ha heredado un negocio y ese negocio se acaba”. Y sentencia: “Al final la lectura que le doy a todo esto y creo que Amaia lo entiende también, es que hay que romper pero sin dejar de mirar atrás, tener en cuenta nuestras anteriores generaciones, costumbres, identidad… Hay un montón de cosas que creo que hay que tener un poco en cuenta, pero por supuesto que hay que romper, porque hay cosas que no tienen sentido”.

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Al hablar de próximos proyectos Asier lo tiene claro: necesita un paréntesis, pero volverá al mundo rural, que está presente también en gran parte de su trayectoria como cortometrajista. “Es una fuente inagotable de historias, de conflictos, me interesa muchísimo, pero ahora me quiero dar un respiro. La siguiente película que estoy escribiendo esta localizada en una ciudad y no tiene nada que ver con lo rural. De alguna manera esta ha sido una película que me ha dado muchísimo, también le he dado muchísimo y ya, ahí se ha quedado. Yo me he quedado muy a gusto. Volveré”.

El momento del cine en euskera

¿Es el momento dorado del cine en euskera? Películas como Amama o el éxito de Loreak parece que así lo indica. “En el País Vasco llevamos 10 años haciendo películas en euskera. Empecé yo con un compañero, Telmo Esnal, con Aupa Etxebeste! Se habían rodado antes, pero no así tan seguido. Cada año hacemos 3-4 ficciones, más documentales, cortos… Es un orgullo y un privilegio porque soy consciente de lo caro que es el cine y de que a priori una peli en euskera nunca va a ser comercial. Entiendo que tengo mucha suerte de poder contar nuestras historias en el idioma que requieren. Porque yo soy cineasta que ama la realidad. Si estoy contando una historia en Canarias la rodaré en canario, en castellano. Si no tuviéramos la costumbre de rodar en euskera, la película no sería así. No sé si la habría hecho. Porque una historia que sucede en un caserío de Guipuzcoa, donde todo el mundo habla en euskera, rodada en otro idioma, sería como contar una historia de indios con actores blancos. Es verdad que nunca será comercial, pero a eso le estamos dando la vuelta porque aunque a priori pueda parecer algo negativo es super positivo, porque estamos haciendo el cine que nos sale de dentro. No tenemos una tele que nos presiona y estamos haciendo películas que nos interesa contar. Y eso hace que nos estemos abriendo al mundo en festivales, que la gente esté esperando las películas y que tengan su relativo éxito comercial. Tampoco estamos hablando de grandes cifras. Esta peli habrá hecho 60.000 espectadores en España y 10.000 en Francia, pero dentro del cine independiente son unas cifras importantes”, reconoce.

“Hay dos mundos muy diferentes en la producción cinematográfica. Hay cine que viene, sobre todo, de EEUU y que aquí se intenta imitar, partiendo de las teles privadas. Ese tipo de producción para mi es poco interesante, pero hace que los espectadores se acerquen al cine, que no es malo tampoco. Luego hay otro cine que es diferente y que busca no tanto el público comercial directo sino el poder compartir estos momentos que estamos viviendo aquí, festivales y sobre todo experiencias. Como espectador, a mí me gusta más este tipo de cine y seguiremos haciéndolo mientras se pueda. Tenemos la suerte también de contar con el Festival de Cine de San Sebastian que siempre nos ha apoyado y las instituciones vascas, la televisión y el gobierno, que nos apoyan, igual no lo suficiente porque siempre estamos como peleando y es complicado sacar las cosas adelante, pero hacen que todo esté en marcha y está muy bien”.

Con este relativo éxito los cineastas vascos han conseguido algo muy importante: vivir y trabajar en casa. “Antes, la tendencia y sé que aquí en Canarias pasa lo mismo, era macharse. Los directores de Loreak, nosotros o más gente hemos buscado una manera de hacer pelis pequeñas, con poquito presupuesto, intentando hacer buen cine y vivimos allí. Antes, Julio Médem, Álex de la Iglesia, Daniel Calparsoro… todos ellos acababan yéndose a Madrid. Ahora nosotros vivimos en casa y trabajamos allí y eso también hace que haya un plantel de técnicos buenísimos. Espero que la cosa cambie también para vosotros y podáis hacer cine desde aquí”.

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