Todo el mundo es familia

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Por Jonay Armas.

En uno de los primeros compases de esta luminosa, generosa película, Julie entra con urgencia en el baño de una cafetería pero la cámara se queda fuera, observando la puerta del lavabo. Parece un detalle sin importancia pero aquel gesto supone, en realidad, toda una declaración de intenciones.

Alba González de Molina, la cineasta tras la cámara, acompaña a su protagonista, la joven Julie, a lo largo de su aventura pero concediendo el espacio suficiente para que la chica sufra, para que ría o tome decisiones sin establecer juicios antes de tiempo, sin entrometerse, como si la cámara fuera acompañante en el espinoso camino que recorre Julie pero sin llegar a convertirse en su juiciosa sombra. Estar junto al personaje sin exigirle respuestas. Algo así como hacer cine desde el amor.

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La película comparte así una visión del mundo que tiene mucho que ver con aquello que cuenta: en una sociedad corrompida, Julie sale huyendo hacia un lugar perdido, alejado de lo que una vez fue llamado “civilización”. Allí, en una pequeña aldea incomunicada, se inicia una operación de completo redescubrimiento en la que incluso las propias palabras recuperan el significado que habían perdido. De repente el filme ilumina, con esa huida hacia delante de su personaje protagonista, lo lejos que se encuentra la sociedad actual de aquella idea utópica con la que fue construida. La utopía auténtica es permanecer lo más lejos posible de un mundo que ha olvidado, en su caos cotidiano, la importancia de una escala de valores que la sustente.

 

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En su particular huida, Julie encontrará a un pequeño grupo humano que trata de construir esa escala de valores desde un nuevo comienzo. Se trata de un cine de personajes, en el que lo importante es ver cómo la acción de uno transforma al otro. Una sociedad en miniatura donde poder observar cómo nacen los mismos pecados, se cometen los mismos errores, pero también cómo el sentido de comunidad otorga una dimensión diferente a cada individuo. “Todos somos familia”, le dice una niña a su maestra durante una clase. Puede que ese sea el gran mensaje de Julie, el hacernos recordar que todos formamos parte de lo mismo. Y que los pequeños gestos y símbolos que le recuerdan a Julie su capacidad para volver a empezar, repartidos con delicadeza a lo largo de la película, sirvan para recordar que el cine también puede sanarnos.

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