“A lo mejor ya tengo un estilo y no lo sé; hago lo que me pide cada historia”

La cineasta grancanaria Alba González de Molina estrenó en Tenerife Julie, su debut en el largometraje de ficción.

14 de noviembre. Es lunes, un día atípico para Encuentros con el cine, pero la necesidad de compaginar las agendas de cineastas, películas y teatro obligan. Penúltima jornada del año del ciclo y última dedicada al cine de las Islas. Estrenar Julie en Tenerife, una de las producciones canarias con más recorrido de los últimos años, era un broche de oro perfecto. El crítico Jonay Armas fue el encargado de conducir el coloquio tras la proyección. Todo un lujo.

Julie (Marine Discazeaux) es una chica misteriosa, hermética. La vemos huir precipitadamente. No sabemos de qué o de quién. La vemos llegar por casualidad a un pueblo perdido, a una ecoaldea en medio del monte. La vemos adaptarse poco a poco a una nueva vida… Hasta que sus secretos salen a la luz. “Esta película va sobre una huida”, comenta Alba. “El personaje de Julie podía haberse ido a cualquier otro sitio, pero me parecía interesante meterlo en una burbuja que ella no hubiese elegido, que le hubiese venido dada. Me interesaba también cómo somos capaces de ser tan camaleónicos y adaptarnos a cualquier espacio”, relata la cineasta poniendo el acento enseguida en uno de los elementos que más llaman la atención de la película: la ecoaldea en la que se ambienta (y se rueda). Hay un interés, eso está claro, por hablar de otra forma de vida, aunque sea como escenario de fondo de la historia de Julie, pero también hay una intención de evitar la defensa panfletaria de ese modelo alternativa: “Te das cuenta de lo que es convivir en un espacio tan diminuto, una microsociedad y tan aislada: los que llevan más años piensan que tienen más derechos, los que llegan nuevos vienen con esa fuerza de querer hacerlo todo. Al final se repiten los mismos patrones de las sociedades gigantescas y capitalistas actuales”, reconoce. “No es que lo juzgue sino que intento ponerlo al mismo nivel, que lo observemos de la misma manera”.

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Matavenero, escenario y protagonista

Alba González de Molina codirigió hace unos años un documental Stop! Rodando el cambio. En él, se lanzaba a hacer un viaje desde Madrid a París buscando sistemas alternativos de sociedad. Fue así cómo conoció Matavenero, la ecoaldea del Bierzo (León) a la que vuelve para ambientar su debut en el largometraje de ficción. “Rodé allí porque me pareció un sitio muy inhóspito, con mucha mezcla, bastante anárquico. Aunque sea una comunidad con normas cada cual funciona un poco a su manera. Fui visitándolo y conociendo lo que realmente ocurría en ese espacio y fue cuando empecé a sacar esa idea de allá donde vayas los conflictos existen y al final repetimos patrones. Por mucho que queramos que no haya líder siempre hay un líder, en espacios como este también existe violencia, inconformismo… Uno de los personajes que me gustó crear, por ejemplo, es este chico que ha nacido allí, pero al que nadie le ha preguntado si es donde quiere estar”, explica.

Después, en el diálogo con los espectadores, Alba hablará de cómo convenció a los habitantes de Matavenero para hacer la película. “Me fui con Marine -Discazeaux, la actriz protagonista-. Casualmente cada cuatro meses hacen una asamblea general en el pueblo y coincidimos con una. Como me dio miedo de que me dijesen que no y yo estaba bastante obsesionada con que quería que fuese allí, les dije que se lo pensaran, que era su vida, que yo iba a seguir yendo y fui poco a poco ganándome su confianza”, relata. “Cuando terminé el guion lo dejé allí para que lo leyesen. Tuve que explicarles que aunque existiesen parecidos con la realidad no dejaba de ser una historia que había creado con mi cabeza, que era cine, mentira”, confiesa. “También tuve que quitarles muchos prejuicios porque han tenido problemas con los medios de comunicación que han ido y han sacado reportajes horribles de ellos”, recuerda Alba. Para cerrar el círculo – o la espiral, como le gusta decir a Alba- ella y Marine, proyector en mano, aprovecharán el estreno en Madrid para poner la película en el pueblo. “Habían hecho palomitas en ollas gigantes, habían cerrado una habitación que ponía Sala 1, habían puesto una pantalla enorme… Fue de los momentos en los que más nerviosa me he puesto porque al final toda esa gente había abierto las puerta de su casa y había aceptado un proyecto que quizás no les dejaba en buen lugar. Pero realmente ellos saben que no es una utopía, saben que también existen problemas. Siempre intento decir en público que es ficción, que no es un documental, que sus vidas son de otra manera, que no se relacione al personaje con la persona”, concluye.

Pero, ¿de dónde surge realmente la necesidad de hacer Julie, acercándose a este sistema de vida alternativo ahora desde la ficción? “Yo tenía tres palabras antes de empezar a escribir que eran maternidad, educación libertaria y embarazo. Eran tres conceptos que saqué de una conferencia de Carlos Taibo en la ULPGC. A raíz de ahí surgió un debate entre amigos. Conocía a la madre de una amiga, que ha estado muchos años vinculada con la educación convencional, que un día decidió dejarlo todo, interesarse por la metodología Waldorf y volver a estudiar. Y me llamó mucho la atención. Qué lleva a una señora de casi 50 años a dejar atrás todo lo que aprendido y empezar de cero”, recuerda Alba.

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Hay otro elemento esencial en el nacimiento de Julie: Marine Discazeaux, su protagonista. “Siendo sincera creo que le debo esta película mucho a ella”, confiesa Alba. Con ideas en la cabeza, pero aún sin guion, la directora fue al bar donde trabajaba la actriz, la vio, y como dicta el tópico, tuvo claro que ella tenía que ser la protagonista de su película. “Me dijo que sí, sin más, sin conocernos. Le di mi email apuntado en una libreta, ni mi número ni nada. Y a partir de ahí empezamos a quedar mucho, a hablar de cine… Llegó un momento en el que le dije ‘Me voy un mes y medio a Inglaterra, pero te prometo que cuando venga tengo una estructura de guion’. Y así lo hice. Para mí fue alguien a quien enseñarle los deberes. Fue una motivación y ella siempre creyó en mi. Y eso que no nos conocíamos”, reconoce Alba. “Luego ella aportó mucho, porque el personaje lo fuimos construyendo prácticamente a la par. Cuando volví y le enseñé la estructura de guion ella me dio sus opiniones y añadí muchas sutilezas gracias a ellas. Dirigirla fue más sencillo porque el personaje estaba casi hecho a su medida”, añade.

Un rodaje (también) alternativo

Luego vino cómo producir la película y desde un primer momento parecía claro que una historia así tenía que proponer también una forma alternativa de producción. “Quería dejarme de toda obligación de subvenciones, alejarme de sentirme presionada. Por qué no intentar hacer algo con ayuda de mucha gente que creyese en este proyecto y con los cuatro eurillos sacarlo adelante”, recuerda al hablar de una exitosa campaña de micromecenazgo que fue el primer espaldarazo para la producción de la película. “Lo que pasa es que a posteriori tuve la suerte de que gustó y tuvo un productor que añadió más dinero. Aun así la mayoría de la gente no cobró”, reconoce.

El crowdfunding fue para Julie la forma de dar el “primer empujón”. “Si no eres nadie no te van a echar una mano, está claro. En mi caso no tengo trayectoria por lo tanto tenía que hacerme valer, hacerme visible. Y empezamos moviendo redes, moviendo a mucha gente, generando ese interés. Yo llevé toda la campaña del crowdfunding, llevaba todas las redes sociales, junto con la actriz principal hacíamos los viajes para convencer a la gente del pueblo… Se convirtió en un trabajo muy duro”, cuenta. Ese imprescindible pluriempleo no acaba nunca en este tipo de proyectos. “Supongo que para la segunda película intentaré delegar más, pero también es verdad que cuando algo lo arrancas así de primeras con tanto esfuerzo y lo único que te empuja son las ganas de hacerlo puedes contagiar las ganas a la gente, pero para que se vuelquen tanto como tú es muy difícil”, confiesa.

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En el rodaje, necesariamente tenía que estar todo muy pensado, porque salir del pueblo era una odisea. “Durante el rodaje, por ejemplo, un vecino se encolerizó y nos echó un kilo de azúcar en el generador que usábamos para las tomas nocturnas. Teníamos dos generadores, por suerte, no sé quien pensó en el segundo. Nos salvó haber previsto que podría ocurrir algo con el generador. Aún así rodamos con el 80% de energía solar, tiramos de las casas de la gente”, recuerda al hablar del peculiar rodaje en Matavenero. “Luego teníamos lo que llamábamos ‘producción rural’, gente del pueblo que nos solucionaba todos los problemas, nos hacía la comida, nos daba alojamiento… Bajamos cuarenta y pico colchones por una tirolina que iba de la montaña al pueblo. Al final te hacías a la idea de que tenías que tirar con lo que había”, recuerda. Todo muy previsto, muy estudiado y con el espíritu de tener la suficiente flexibilidad para adaptarse día tras día a las circunstancias.

Pero, ¿de cuánto dinero hablamos? La película tuvo un presupuesto de 130.000 euros,  de los cuales se consiguieron 30.000 por crowdfunding. Después, un productor puso otros 100.000, pero a medida que la película iba necesitando nuevos desembolsos. Alba recuerda que el alquiler de material y su transporte desde Madrid se llevó gran parte del presupuesto en el rodaje, así como dar de alta en la Seguridad Social a todo el mundo. También se invirtió en posproducción y recientemente un poco en promoción y estrenos. “Conseguir el Capitol -la película se estrenó en Madrid en los Cines Capitol- es carísimo y eso que lo conseguimos llenar, fueron 1.300 personas. Es muy caro, pero te da una visibilidad… De repente sales en medios de comunicación, prensa, radios… Que haya tenido tanta cabida en los medios de comunicación una película tan pequeña ha hecho que se llenen salas, que poco a poco haya sonado, que la gente tenga interés, que nos escriba”, reconoce Alba.

Actores y no actores

Por un lado, está el trabajo con Marine, con quien la principal dificultad vino dada por su perfil también de creadora. “A veces le decía ‘Haz esto así’ y ella me decía ‘Eso es muy exagerado’, porque ella es muy minimalista”, recuerda Alba. “Es muy jodido hacer un personaje muy contenido. Ella me decía ‘Es que me has escrito un papel que no se luce’. Y claro, no es el personaje de Victoria (Silvia Maya), que puede explotar, que tiene sus picos, quedarte en ese término intermedio en el que dices un ‘No sé’ y es un ‘No sé’ de verdad, a nivel de acting cuesta mucho. Había cosas que le parecían exageradas. Pero le dio su toque y sin ella, Julie no hubiese sido así, eso lo tengo claro”, confiesa.

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Por otro, está el resto del reparto, mezcla de actores profesionales y de habitantes reales de Matavenero, de no actores. En esa mezcla, Alba hace autocrítica y reconoce que hay escenas en las que “canta mucho”, en la que se notan mucho las diferencias entre algunos actores y los que no lo eran. En el trabajo con los profesionales intentó huir, no siempre con éxito, de la interpretación más exagerada. “Yo siempre me he querido alejar de esta interpretación que tenemos aquí en España que parece que viene del doblaje, la gente habla de una forma extraña, grita. Creo que se pueden crear situaciones de conflicto y violentas sin gritar. A veces es mas potente un silencio, entre dientes, algo que no se dice”, opina.

Con los vecinos del pueblo la clave fue la improvisación, sobre todo en las escenas de las asambleas. “Como trabajaba con actores no profesionales tampoco quería ceñirme a un guion. Se marcaba un inicio, un conflicto y un desenlace, pero todo el cuerpo que hay en medio quería que lo pusieran ellos. Me parecía hipócrita hablar como si yo hubiese vivido en una ecoaldea durante 27 años. Creo que era más sencillo y tenía mucha más verdad lo que pudiera decirme una persona de allí. Quería intentar evitar caer en el cliché y es difícil cuando tocas estos temas. Tampoco quería que fuese panfletario. Quería desnudar las palabras, que no se dijese ‘socialismo’, ‘comunismo’ o ‘capitalismo'”, confiesa.

Estilo(s)

Un espectador pone el acento en su intervención sobre el uso en la película de distintos estilos cinematográficos. Alba lo tiene claro: “Estuve haciendo el guion técnico durante siete meses. Lo tenía todo muy estudiado… Hasta que llegas al rodaje y te das cuenta de que te cortan la mitad de la secuencia y de que tienes que apañarte con lo que tienes. Tú quieres una cosa y no se consigue por el motivo que sea. A veces es porque falla el guion o porque la interpretación no da la talla o porque no hay manera de que el director de fotografía haga el plano como tú quieres”, reconoce. “Aun así siempre intenté mantener una distancia cercana, como que me alejo del personaje pero siempre estoy ahí, a veces asfixiante en la nuca y otras veces más lejos. Tamcién jugué mucho como intento narrativo con lo que no se dice, con que cada uno se construya su historia, porque creo que así es la realidad. Y luego subrayé detalles que me parecían simbólicos como las muñecas rusas, la relación que tiene Julie con los niños a diferencia de la que tiene con los adultos o esa canción francesa que canta al principio con la niña y luego a su hijo”, comenta.

“Ahora he hecho un cortometraje que no es un guion mio y me di cuenta de que en parte repetía ciertos patrones”, prosigue hablando de estilos y lenguaje cinematográficos. “A lo mejor ya tengo un estilo y no lo sé porque hago lo que me pide cada secuencia, cada historia. Mucha gente me pregunta quién es mi director favorito. Pues no tengo. Me gustan películas sueltas, no personas. Me gustan temas sueltos de música, no músicos”, sentencia.

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